31 may. 2008

Llueve


El día que vio la luz los fríos aires del norte trajeron a su ciudad natal un manto blanco con el que acunar su sueño. Lo medios de des-información solían decir que aquel año fue uno de los más fríos, pero ella no lo recuerda.
Con tan solo tres horas de edad su madre la mecía en brazos frente a la ventana, explicándola que aquellos copos blancos, que caían solitarios pintando los tejados se llamaban nieve. Pero ella no aprendió esa palabra hasta unos años más tarde.

Lo que si recuerda con exactitud son las mañanas de los sábados, el olor a café recién hecho en la cocina, la suave voz de quien la trajo a la vida. Pero sobretodo el invierno y sus interminables lluvias, aquellas mañanas en las que sorprendida quedaba prendida en la ventana mirando la danzarina caída de las gotas tras el cristal.
Podía pasar horas allí sentada, casi sin pestañear y emitiendo resoplidos profundos, que más tarde se convertirían en poemas entrelazados con los recuerdos de su niñez.

Supone que en algún momento de su vida quedó enamorada de la lluvia, quizás porque pensaba que el cielo lloraba con melancólica felicidad para limpiar la tierra, como si fueran caricias acuosas que atrapaban el presente. Y las tormentas siempre fueron energía, y los relámpagos aquellas luces extrañas con las que maravillarse.
Una mañana hacía aire, el viento resoplaba contra las ventanas haciendo estallar el mal humor de la gente y en consecuencia su paz interna de niña ausente.

Su madre se acercó a la ventana, y abrazándola fuerte la inclinó más allá del poyete, donde ella solía sentarse. Porque se encaramaba a lo alto del sofá para dejar que su alma volase libre, entre las ráfagas de viento, de ahí la viene su curiosa manía de subirse a las ventanas, como si se tratase del precipicio entre la realidad que la atrapa, y los sueños que la llaman.
Recuerda las partículas de agua sobre su pelo oscuro, la sensación de humedad en el ambiente, el olor a tierra fértil que se llena de savia pura, las nubes oscuras, el frío, el aire.

-Son días de brujas –la había dicho su madre –si te fijas bien podrás verlas volar sobre sus escobas.

Al escuchar aquellas palabras algo en su mente infantil comenzó a ponerse en marcha, un engranaje fantástico de ilusiones fantásticas que la hacían posarse junto a la ventana a ver llover, pero sobretodo a buscar las damiselas con altos sombreros de pico sobrevolando la tormenta.
Aquel día no las vio, ni al siguiente, ni al otro, por eso aún suele sentarse en las alturas cuando el cielo llora, para buscar las brujas de su infancia, mientras escribe cuentos de adulta.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Playa Urbanova, Alicante mayo 2008.

4 Atravesaron la realidad:

haThus dijo...

Nunca llueve eternamente, ya es hora de ver el sol, preciosa. No dejes que los recuerdos te hagan perderte esos momentos que vendrán.

Besos soleados.

Iraunsugue_Eternia dijo...

Que cierto guapísimo, pero en este caso la lluvia tenía un toque mágico y nostálgico que me llevo a mi niñez. Aunque si te soy sincera, últimamente parece que el sol brilla con mucha fuerza, ¿por qué será? O mejor dicho, ¿por quién será?

Besos únicos para ti.

haThus dijo...

Tú te mereces que el sol brille con toda su fuerza en tu vida, pero sin llegar a quemarte.

Besos soleados.

Iraunsugue_Eternia dijo...

Pues ya sabes sol, no me quemes más de la cuenta.

Besos con sombrilla.