26 jun. 2010

InVade-Me

Castígame…
y cuando lo hagas que sea bien fuerte,
pégame con todos los impulsos eléctricos que recibo de tus esencias.
Acribíllame en silencio,
con cada una de las miradas que atraviesen fugaces mi alma y me ahondan tan dentro.
Déjame sin aire,
hazlo despacio,
amordazando mi cuello entre tus manos mientras malversas tus labios contra los míos.
Despójame de todos mis aliento,
déjame sin aire,
lléname de todos tus suspiros.

Levántate en armas y hazme tu víctima.
Fustígame con todos los ecos de tus placeres,
hazme gemir en cada palabra no dicha.
Ponme contra una pared,
abusa de esta tu rehén mientras tus manos sobrepasan los límites de las prendas.
Asalta mis costas, hazlo con la lengua.

Traspasa las barreras de todas mis fronteras en cada embestida tuya,
quémame en caricias.
Derrota cada barricada que nos imponen las mentes.
Succiona mis sentidos,
bebe mis miradas.
Sórbeme despacio,
quémame en arte, hazlo sin miedo,
Secuéstrame en tus brazos,
hazme tu víctima,
víctima de ti.

Iraunsugue Eternia
(Laura Butragueño)

25 jun. 2010

...sanT joaN


Todas las playas se vertieron sobre sus propias esferas, la arena cedió levemente bajo el peso de su cuerpo, se sentía viva, extrañamente en sintonía con el mundo que giraba a su alrededor. La música quedaba lejana a pesar de la corta distancia entre su ser y el escenario, las luces se agolparon contra la última ola que besó la arena, unos instantes antes de que introdujese los pies en el líquido amniótico de la madre Gaia.

-Soy un ser que no está.

Su voz se perdió en un hilo incoloro sobre el horizonte de luces multicolor, estallando en tres millares de partículas de pólvora que cedían a la gravedad salpicando el océano. La gasa del níveo vestido quedó suspendida sobre la marea, su cuerpo desnudo bajo la tela se estremeció al contacto con los remolinos de algas y peces que danzaban zigzagueantes entre sus piernas mojadas. La humedad subía hasta la boca alimentando la lengua de sílabas que chapotearon de sal en el paladar, esencia de recuerdos.

-Una noche más de Sant Joan…y ya van tres.

Los párpados apretados, la hilera de pestaña se tiñó de oscuridad, aquellos ojos distantes llegaron acompañados del rubor de sus mejillas, y eran de tierra, tierra húmeda, como la de aquellos bosques donde un día un águila negra sobrevoló sus vidas. Los reconoció al instante, ajustando las pupilas a la escasa luz de los párpados cerrados, y los nombró tristeza.

-Nadie puede amar a un muerto…ya no.

La tierra tembló en las orillas del mundo, los tambores resonaron estremeciendo las sensaciones, anegando la piel de movimientos danzó al compás de los sentidos. Se reencarnó en cada nota musical que ascendía entre las llamas; primero creando la danza en sus pies amoratados de frío, las piernas blancas, el corazón palpitante de angustias cedió a la soledad de la música alojándose en una enredadera de pecados.

-Sé que está ahí, en alguna parte…como tú estabas aquella noche, como siempre estarás en la memoria de todas las noches.

Un cuerpo traspasó el umbral de los sueños cayendo en picado sobre la ola que se precipitaba hacía el vacío del mundo. Escuchó los gritos y subió sobre las espaldas de libertad, corrió sobre los mundos, lo hizo sin observar a la gente parada en las orillas buscando la moneda que los llevase a la resurrección…unos ojos negros se alojaron entre el dedo índice y el corazón. Apretó con fuerza hasta que detonaron en estrellas fugaces hacía el aura índigo que portaba.

Se llenó de luz.

En algún lugar, alguien…seguramente él, consiguió devolverla a su memoria.

-Creo en ti….a pesar de los miles agujeros negros de gusano que han atrapado mis sentidos, sigo viva, soy de ti, víctima de ti.

El último de sus pecados fue arrojado al fuego, llevaba su nombre.

El mecanismo de un reloj se activó al otro lado del limbo…

…comenzó la cuenta atrás.

Iraunsugue Eternia
(Laura Butragueño)

Fotografdía:De Eternia entre las arenas del tiempo. (Mataró, 23/6/2010)

P.D. Hermana he sobrevivido….

15 jun. 2010

...un día cualquiera.

A las siete y dos minutos de la mañana un paraguas negro ha sido desplegado al cielo, unas tímidas gotas se han deslizado sobre la mano de la muchacha que lo portaba segundos antes de que este tomase rumbo a la calle en dirección contraria al tráfico habitual, es decir, nulo. Siete minutos más tarde ha subido al autobús con dirección a la estación de ferrocarril. Como cada mañana ha seguido el ritual que tiene por costumbre; ha escogido el último asiento junto a la puerta más alejada a la entrada, se ha sentado en el lado de la ventanilla colocándose los auriculares, Chopin introducía el día. Una mirada tímida y diría que hasta algo apesadumbrada se ha perdido entre las calles húmedas de soledad.

Veinte minutos más tarde, apostada nuevamente contra una ventanilla -esta vez del Rodalies con dirección a L’Hopitalet de Llobregat- se ha entretenido en seguir las gotas que chocaban contra el cristal del vagón con las yemas de los dedos. Una a una las ha acariciado en su descender zigzagueante, recogiéndolas en su mente como si se tratasen de un manojito de lágrimas que el cielo vertía a horas tempranas. El muchacho sentado frente a ella la ha observado el tiempo justo como para bostezar, sonreír, y volver a caer en un sueño profundo.

Tres minutos más tarde y bajo la lluvia constante, una pareja de quinceañeros esperaban al tren en la vía opuesta bajo un techadillo improvisado. La joven de la parada dejaba caer su lánguida melena castaña sobre unos ojos de color identificable (desde esa distancia), el muchacho sentado a su lado se ha estirado, elevando los brazos sobre su cabeza en un movimiento torpe y seguramente mal aprendido, hasta dejar caer uno de ellos sobre los hombros de la chica. Esta ha reaccionado encogiéndose tímida y lanzando una mediana sonrisa al chiquillo que intentaba acercarse segundos después a su boca, tras varios intentos finalmente la ha besado. Acto seguido ambos han girado la cabeza en direcciones contrarias con un suave rubor de mejillas. Ella, dentro del tren, ha sonreído, Tiersen hacía su aparición.

Horas más tarde y rondando las dos del medio día un joven de unos treinta años de edad ha entrado en la sala grande de reuniones, vestía camiseta verde, zapatillas de deporte y un pantalón corto color caqui. Ha estirado la mano tímidamente a modo de saludo, al estrecharla Ella ha notado la flacidez de esta, un escalofrío repentino seguido de una extraña sensación de inferioridad que provenía de aquel joven tímido se ha apoderado de su mente durante unas milésimas de segundo, aún así ha sonreído. A continuación, el resto del equipo ha ido haciendo su aparición entre risas y quejas, Ella, ha esperado a que el alto cargo entrase en tercer lugar, lo ha presentado con nombre apellidos y nombramiento para después dar paso al resto. Hora y media más tarde ha llegado a la conclusión de que el muchacho que intentaba forzosamente seguir el ritmo de la clase se encontraba en una encrucijada, en realidad había caído como por arte de magia en la clase equivocada y a esas alturas, no sabía muy bien si salir corriendo o recoger el sudor y la derrota que se ha había desperdigado sobre la mesa y el teclado del ordenador portátil cuya imagen se proyectaba en la pared. Al marchar todos se han enumerado sus quejas dejando salir el aire irónico y hasta a veces mezquino que reina por costumbre en aquel departamento. Ella ha apuntado como cada día las quejas de los superiores para hacérselas llegar a otro superior, burocracia empresarial, despido para el muchacho del pantalón caqui.

La lluvia ha cesado frente a la playa, seguramente porque los edificios habían terminado de llorarse a sí mismos todas las penas de los empleados atascados en los ascensores, y las conversaciones en baja voz a hora punta en el cuarto de baño de mujeres. Ha salido el sol, era inevitable, aún así su estado de nerviosismo aumentaba por minutos, ha respirado el humo entrecortado de la contaminación paradójica de todas las bocanadas recogidas a las cuatro y veintitrés minutos de la tarde, el cigarrillo ha caído sobre la acera dando paso a la siguiente reunión.

A las seis y tres minutos salía por puerta, se ha despedido de su compañera con una sonrisa que se ha esfumado tras cruzar la calle, no por ningún motivo en especial, solo que el recuerdo de la última conversación escrita se la ha quedado prendida del alma. Ella, la otra, la amiga, ha preguntado.

-¿Por qué son tan cobardes los hombres?

Ella, la Ella, la de siempre, no ha sabido que responder.

Una hora y siete minutos después de caer en la cuenta de que las respuestas eran solo generadas por la necesidad de engaño de una misma, se ha dado cuenta de que el autobús con dirección a casa pasaba a dos palmos de sus narices. Ha suspirado, y con paso altivo se ha dirigido todo lo rápido que ha podido calle arriba, cinco paradas más allá el bus aparecía por la esquina en tiempo record. Esta vez no llegaría tan tarde a casa.

Una puerta se ha cerrado a sus espaldas, los gritos han comenzado llenando el vecindario de improperios contra la Agencia Tributaria del Estado, Ella ha asentido firme, escuchando aquella voz que ascendía desde las escaleras de la rabia, escondiéndose tras las puertas del odio y rompiendo en mil pedazos los muros de la impotencia.

-¿Y qué se puede hacer?

La tortilla ha caído al fuego.

Como casi cada noche, porque decir todas sería una quimera, Ella ha revisado el correo, el reloj del portátil marcaba las 22:18 minutos. Ha seleccionado uno entre los dieciséis restantes, más de la mitad serían borrados sin ser leídos, pero este merecía un trato especial por ser de quién era. Así que Ella la ha leído a Ella, la otra, la de lejos y en realidad siempre cerca con una cuidada atención, sus ojos han pasado por cada párrafo deteniéndose allí donde la bilis se contorneaba entre las letras.

-¿Y cómo voy a hacerte yo de psicóloga, si siempre eres tú la que me sacas del barro?

Aún así lo ha intentado tras dejar escapar cuatro suspiros planos. Soledad se la ha atragantado entre angustia, ansiedad comenzaba a llamar a la puerta.

A las 22:53 minutos de aquella noche corriente de un día cualquiera, Ella ha salido a la terraza, ha encendido un cigarrillo dejando resbalar las gotas de lluvia recogidas a primera hora de la mañana una a una, enumerando todas las preguntas no contestadas por ignorancia, por miedo o simplemente por no querer saber.

El resto, las ha permitido marchar como respuestas inconclusas con el humo del cigarrillo, ascendentes, ascendentes, por sí allí arriba en lo alto, a alguien se le ocurría algo mejor que decir.

La vecina del quinto ha dejado salir un grito aberrante de su garganta en el momento justo en el cual la colilla de Ella era apagada.

-AAAAAAAAAAAAArggggggggggggggggg ¡OS VOY A MATAR A TODOS!

Iraunsugue Eternia
Laura Butragueño
Fotografía: De un paseo por un Madrid de una fecha de un día y un mes cualquiera.