31 jul. 2011

Entrevista | Alex Manzanares y Laura Butragueño: ‘Nos inspiramos en lugares abandonados, fábricas, castillos, antiguos telares…’ | Inspiración digital

Entrevista | Alex Manzanares y Laura Butragueño: ‘Nos inspiramos en lugares abandonados, fábricas, castillos, antiguos telares…’ | Inspiración digital

29 jul. 2011

Lila sobre azul


Todos tenían casa, yo tuve diez aunque la mayoría nunca llegasen a parecérmelo. Ninguna se llamaba Hogar.

Aquella no era una casa, sino el despojo distorsionado de los años de ausencia, una circuncisión en la tierra deshabitada. Los restos de vidas pasadas que habían quedado ungidas por la vejez del olvido. No resonaban los pasos de los que un día debieron habitarla, tan solo el goteo incesante de la carcoma deslizándose en los suburbios de la madera que constituía el techo, las puertas desarraigadas de pomos. Las escaleras formaban un esqueleto demolido, se sostenía a duras penas sobre la espina dorsal de unos escalones superpuestos, tablones que se lanzaron al vacio en un intento de suicidio ante la soledad.

La alacena olvidó su cometido una tarde de otoño. Cuando las polillas comenzaron a habitar su caparazón abierto, alimentándose de los restos de vida, abandonándola más tarde. Tan solo se conservaba una vieja portezuela con la rejilla rajada, un asesinato a la prosperidad de sus años mozos.

Los cascotes formaban olas desoladas de un color indescriptible, la mayoría lo nombraría lila, otros forasteros sin pasaporte para violarla la llamaron azul. En realidad yo supe que ella siempre fue índigo. Después de años de silencio poco importaba, lo que fueran habitaciones ahora solo formaban un espacio diáfano ultrajado por desconocidos. Aquellas paredes que heroicas seguían en pie resistían los impulsos de la tinta sobre su cuerpo; formas caricaturescas, frases inexactas que lejos quedaban de resultar poéticas. Nombres, números, fechas, Fulanita ama a Menganito, Menganito se olvidó los restos de la pasión en lo que en su día fue la cocina de la gran mansión. Hoy tan solo es un techo negruzco, arruinado bajo las fauces de las llamas…el horno cayó silencioso desapareciendo entre el polvo y la mortaja del descuido.

Ascender, peldaño tras peldaño, intentando no caer al vacío, ese que en el ayer fue llamado sala principal. Desde la cima se observaba el cataclismo del abandono, una imagen desoladora de una casa en ruinas. Si dejas resbalar una lágrima se perderá en los sótanos de barricas desquebrajadas, cayendo sin demora hacía la pica de piedra que un día calmó la sed de los caballos. Seguramente desaparecerá entre los corrales, discurriendo entre la tierra, amoldándose hasta llegar a la cueva donde el pozo de agua ha quedado seco…tan solo con una lágrima de abastecimiento.

En cambio, aquella que ya no era una casa, seguía imponiendo majestuosa al caer el sol. La cúpula intacta había perdido sus ojos. Seguramente decidieron dejarse mecer por el viento hasta estrellarse en el suelo, desapareciendo para siempre. Dicen que eran lilas, de ahí que todos la llamaran por ese nombre. Ya que cuando el sol incidía sobre ella la casa índigo tomaba tonalidades malvas, impregnando la mansión de ese color imaginario que ahora se mostraba arruinado, sin orgullo, resistiendo al paso del tiempo y sus inclemencias.

Desde abajo pude alzar la mirada ascendiendo por cada planta hasta toparme con ella. No vi el color más podía imaginármela, aunque ahora todo estuviese muerto. Aún así, a pesar de la desnutrición de aquella mole desheredada la sentía mía, como si yo hubiese formado parte de cada una de las estructuras que habían caído, de las que aún quedaban en pie.

Aquella era una casa en ruinas, una casa marchita, una casa que por primera vez quise tener, una casa a la que con gusto nombraría hogar.

Laura Butragueño (Iraunsugue Eternia)
Fotografía por Alex Manzanares.

Rojo


Si cierro los ojos todo pasará, desaparecerá como si nunca fuese a ocurrir….

En realidad no solo el pasado es el culpable. Ese puede confinarse en una cajita, una pequeña, una que quepa en el hueco del hemisferio céntrico de un iris. Si parpadeas deja de existir, pasa a otro plano, uno donde puede modificarse el contenido de la misma, no importa lo ocurrido sino como lo recordemos. Alterar los recuerdos es tan solo un juego de niños.

El futuro no es tan simple, ya que nunca fue nuestro, no nos ha pertenecido ni un solo segundo de él. Nunca ha llegado, ni nos ha rozado para saber si podremos afrontarlo, guardarlo en la caja, sostenerlo al menos para sentirlo antes de que se convierta en polvo. Él aterroriza robando la parte de esencia que se encierra en los sueños. Un devorador de horas que se retuerce en la mente en forma de pensamientos, un germen impreciso que ataca en la fase más débil, en el momento más inoportuno. Está ahí, puedes percibirlo, concebirlo, extraerlo del camino que nunca pisaste y eso no lo hará real, no por ahora. Hay opciones, imaginarlo, construirlo en el aire sin saber a ciencia cierta si el viento lo barrerá a su merced o nos dejará construirlo tal y como lo planeamos.

Lo que uno desea no siempre es válido, cambia, se auto gestiona por si solo sin que nadie pueda mover un dedo en el juego del azahar que representa en una vida. Soñar, el recurso humano más poderoso para acercarnos a él, lo que en verdad ocurra tan solo lo averiguaremos en la meta y ahí es donde recoges o caes. Lo malo es saberlo, ser consciente de la caída, de que al final del espigón no está el mar, sino tan solo un vacío que llega a apoderarse de un todo, aquel que en todo momento fuimos nosotros mismos. Un vacío que lo creamos al pensar en lo que debería haber pasado, porque era futuro y era nuestro, pero nunca ocurrió. Lo guardas, lo alteras en la cajita porque cuando quieres poseerlo, disfrutarlo ya es tarde…se ha convertido en pasado.

Vuelves, sueñas, creas, desmoronas, triunfas, caes, reaccionas…y el futuro sigue siendo una quimera para aquellos que intentan alcanzarlo, transformarlo, hacerse dueños de él.

Es ahí donde me planteo que no quiero ser humana, es ahí cuando caigo en la cuenta de que quizás nunca lo fui…

Iraunsugue Eternia (Laura Butragueño)
Fotografía por Alex Manzanares

17 jul. 2011

El Parque de los Secretos


Tenía la costumbre de alzar la voz al caer la tarde, lo hacía con la cabeza alta, las piernas ligeramente separadas y los brazos en alto. Cantaba a media voz el himno del Barça y a medida que este se prolongaba en sus cuerdas bocales el tono iba subiendo, en un in crescendo que terminaba golpeando entre sus pies con tres toques.

A continuación se aplaudía a sí mismo ante la mirada atónita de los que se unían nuevos aquel club, para los que éramos asiduos aquel himno constituía parte del ritual de sacar a los perros al parque. Joan y sus cánticos, siempre a la misma hora, con la misma ligereza, terminando de la misma manera. El resto del tiempo lo pasaba hablando con todo aquel que quisiera escucharle, sin dejar de dirigir miradas lascivas a toda muchacha bonita o fea que pasase ante sus ojos. Para todos los presentes era Joan, el del pastor alemán de más cuarenta kilos. El cánido bonachón se encontraba en total proporción a la enorme barriga que acompañaba a su dueño, ambos caminaban pesadamente, con la boca entreabierta, respirando con dificultad.

Muchos apostaban a que perro y amo vivían en el parque, pues más eran las horas que allí pasaban que en las que no podías encontrarles. Acudía ante cualquier cara conocida en busca de charla, resultaba un hablador incansable que poco le importaba si el oyente tenía prisa o pocas ganas de chanza. Él hablaba, mientras el perro quedaba a sus pies tirado como una enorme manta de pelo oscuro. Su tema preferido eran las mujeres, esa especie que tan distinta le resultaba, como si de algo metafísico se tratase hablaba en pasado de ellas. Y en cambio dejaba entrever en sus palabras un dolor interno que solo el desamor produce. Como una yaga incurable sus frases poco calculadas terminaban llevándole a asumir ante los presentes la soledad de corazón que llevaba años padeciendo. Un germen enfermizo que se colaba entre sus pupilas entristeciendo la mirada azulada de unos ojos ancianos. Más tarde se retractaba aludiendo que solo se estaba mejor, él y su perro, la gran manta y él.

Aún así no le faltaban piropos para toda moza que perteneciese al clan. Con las nuevas se reservaba los más cristianos, para lanzar los profundos a las conocidas con las que ya tenía confianza suficiente hasta para cantarlas letanías de amores perdidos. Todas aceptaban de buen grado aquel sinfín de poemas incoherentes que lanzaba al viento, más por respeto a la edad que por gustarlas los mismos. Otras pocas paraban con ironía las piruetas de tunante. De buen grado y con la ceja levantada Joan pedía disculpas para inmediatamente hacer del verso prosa y pasar a conversaciones sin importancia.

—Mujeres, que roban el alma y le vuelven a uno tarumba. Mejor solo.

Solía decir entre dientes mirando al vacío.

—¡Anda qué no has tenido que ser zalamero en tus tiempos!

Admitía con la cabeza, escondiendo una sonrisa pícara que lo transportaba a la mocedad.

—¿Cuántas novias has tenido?

Me atreví a preguntar una ocasión.

—Solo una…pero con esa me bastó.

Su respuesta sonó caldosa en su garganta, apurando un suspiro acompañado de una lágrima que jamás tocaría suelo.

—¿Solo una? ¡Tunante! ¿Fue ella la que se cansó de ti o tú que te disté cuenta de que preferías seguir sin mujer alguna?

Su mirada quedó perdida, seguramente varada en unos recuerdos a los que nadie hasta la fecha había tenido acceso. Entonces relató aquella historia, surgida desde lo profundo de los años añejos que ahora se le tornaban tristeza en su día a día.

—Ni una cosa ni la otra —se tomó su tiempo—. Hasta el altar la hubiese llevado, pero era hija de ricos y yo de pobres. Se escapaba de la casa para venirse a la mía y bien recibida que era por mi familia. Pero a su padre jamás le gusté por no tener perras. Ella era menor, y él amenazó con denunciarnos a la Guardia Civil.

En silencio esperé a que prosiguiera, dándole el tiempo necesario para que ahondase en la memoria.

—En aquella época no era cosa de chiste, por no poner en peligro a mi familia ella aceptó dejar de verme, pero bien claro se lo dejó al padre. ¡Si no soy de él no seré de nadie! Tenía un amigo cura, fue él quien me ayudó a ubicarla en el convento. Me hacía pasar por un familiar para poder ir a verla, nunca dejó que el padre la visitase…solo yo. La enterré hace unos años.

De amores perdidos, pasados, quemados. Del no dejar libertad al corazón, pensé. Historias rotas, destrozadas por la crueldad de terceros. Me apiadé de él, cuando la lágrima primeriza resbaló sobre el pelaje del gran cánido.

—¡Búscate otra novia Joan! solía decirme. Pero no pude, conocí a otras muchas pero ninguna como ella.

El silencio aconteció al atardecer y las primeras farolas del parque comenzaron a encenderse como pequeñas antorchas entre la arboleda. La gran manta se incorporó tirando de la correa de su dueño, decidiendo que la tarde había llegado a su fin. Joan pesado, se incorporó del banco con un sonido de huesos viejos, y el alma torcida de un jovenzuelo que aún se sonrojaba al recordar sus primeros amores. Lo vi marchar lentamente, escapándose en la penumbra de un atardecer.

Todos tenemos una historia, hasta los que a primera vista parecen no llevar disfraz. Joan era la prueba, como otras tantas personas que se cruzaban en mi día a día, en el de cualquiera…encerrando secretos, ocultándolos en los años de silencio.

Iraunsugue Eternia (Laura Butragueño)
Fotografía: Alex Manzanares (Sur de Francia, julio 2010)