29 may. 2010

...capturaDA

Inevitablemente he caído presa de todos tus orígenes, se me han derrumbado las murallas hasta volverse polvo entre mis manos, me he vuelto un corazón acompasado de la voz que me falta.

Me pregunto, en que instante te volviste tan necesario, en qué momento decidiste colarte entre mis pasos para quedarte vagando en mis pensamientos. Hago eco en la memoria retenido tu imagen difusa, recorto las fotografías de las multitudes hasta capturar tu rostro.

Te tengo, en una mirada de noche más allá del segundero, y me pierdo en los bordes de tu aura colorida de soñador vagabundo. Te añoro sin tenerte, te recuerdo sin haber estado, te memorizo una y mil veces para que el tiempo y la distancia, no barran con angustia los pocos minutos que robé a la vida para estar contigo.

He moldeado el universo apocalíptico de mí día a día, avanzando a marchas forzadas sobre las horas que nos quedan…y aún así sigo extrañando tu voz. Enganchada a los pasos infinitos que descubro entre tus silencios, saboreando el instante en que estás y no te tengo.

Te has convertido en el camuflaje perfecto de mis realidades, en lo platónico de mi sed, en el latir de todas las noches que paso escribiendo sobre la almohada tu nombre, y estás y marchas. Y me quedo esperando sobre la rutina a que decidas volver, a tu tiempo, en esa calma que me asfixia, que hastía sin ti…y escribo tu nombre, en secretos.

Y espero….

…y no te tengo.

Y te busco…

…y no te encuentro.

Iraunsugue Eternia (Laura Butragueño)
Fotografía: De Eternia en sueños, Barcelona 2010


27 may. 2010

Primavera

La última línea con la que subrayó el título era de color verde, porque aquel color representaba todo lo que la rodeaba y amaba, desde las briznas de hierba que quedaban enganchadas entre sus dedos de los pies cuando paseaba descalza, hasta la primera imagen que veía al asomarse por la ventana. Verde como sus ojos, verde como el pelo de la muñeca a la que intentó teñir de azul y terminó siendo un manzana chillón de reflejos clorofilas.

“Fiesta de la Primavera” así lo llamó, y hecho esto, se dedicó a recortar una a una todas las invitaciones que había elaborado en aquella clase de tiempo libre. Cuando Arual concluyó su obra, la observó desde los ojitos entusiasmados de una niña de ocho años, suspirando, imaginando como iba decorar la terraza de casa, o la manera en que debía a entregar dichas invitaciones.

-¿Qué es esto?, ¿es qué das una fiesta?

Las manitas de aquel niño de ojos…¡verdes!, la habían arrebatado una de las invitaciones. El gesto fue agresivo, hasta tortuoso para su mente, porque en su espacio todo tenía su lugar adecuado dentro de los centímetros de aquel pupitre. Y al coger aquella preciada invitación había dejado caer el resto por el suelo, desparramadas por la mesa, sin orden ni forma.

Arual se volvió compungida por el gesto, con los cachetes colorados de vergüenza dejó fluir a duras penas una vocecilla de pajarito entrecortado, degollado de timidez.

-Sí, esta tarde en mi terraza.

-¿Y para quién son las invitaciones?

Quedó pensativa, porque lo más fácil hubiese sido mentir, inventar mil amigos que vendrían desde la ciudad para compartir aquel encuentro con ella. Pero su naturaleza o quizás aquel carácter que todos denominaban extraño la hizo hablar, con miedo, sabiéndose perdedora en todas las consecuencias.

-Son…son…para…mis muñecas, y mi gata Pelusa y mi perra Lassie.

El niño no parecía satisfecho con la explicación, pero antes de que pudiese torcer el gesto y romper en carcajadas Arual se derramó en valor, porque desde un principio, aquel niño, ese niño. …Había sido parte de muchos de sus juegos, aun que él nunca se daría por enterado.

-¿Qui..quie…quieres venir?

-¿Por qué celebras la primavera?

-Porque la profesora ha dicho esta mañana que hoy empezaba, y…me gustan las flores, y los colores en el valle, y la Avantera se pone preciosa y se ve desde mi casa y y y….quería celebrar mi estación preferida del año.

La última frase no sería escuchada, como tantas otras veces aquel muchachito recorrió la clase roto en risas explicando a voz en grito que aquella niña loca iba a celebrar una fiesta para muñecas. Y todos reían, reían con las bocas abiertas y los dientes mellados, algunos sin paletas, otros con las dentaduras a medias. Reían y la señalaban, la señalaban y reían, y todos se acercaban, la rodeaban, como si se tratase de un diminuto extraterrestre al que nadie entendía, la rara.

Arual recogió la última de las tarjetitas y salió corriendo por el largo pasillo de aquel viejo colegio, dejando atrás una marabunta de carcajadas sonoras que habían comenzado a atraer la atención de otros alumnos y profesores. Y Arual lloraba, lloraba escondida en el último de los baños dispersándose en tristeza, desparramada y dolida, sola, tan sola, que hasta su propia piel la resultaba desconocida. Si hubiese podido se habría dejado caer por el retrete, aferrada a sus tarjetitas subrayadas en verde.



Tecleó con fuerza las primeras palabras, dejando que la mente fluyese sobre el teclado, escapando en los bordes de las comas y subrayándose a sí misma. No la causaba rabia aquella carta, tan solo una desesperación agónica que la sobrevenía incitándola a desaparecer. Escribió, escribió con toda la fuerza de aquel estado hasta que hubo llegado a la mitad de su explicación, y entonces, lo borró. Se incorporó, dio una vuelta por la habitación y volvió a sentarse.

Escribió de nuevo, pero no lo hizo, porque en realidad todo aquello que la venía a la mente como una tormenta de sensaciones y emociones quedó relegado a segundo plano, desgastándola por dentro.

Se sintió mal. La primera máscara era el principio del resto.

Repasó los recuerdos del día, o estos la sobrepasaron a ella, trabajo, trabajo, tren, metro, tamvía, más tren, más metro, el bus, la hora, el café de la mañana, las reuniones, las malas contestaciones, la sonrisa sobrepuesta cosida con hilos invisibles, desesperación, las ganas de salir volando, realidad, realidad…

Se paró unos segundos, mareada, comprendiendo que aquel estado del alma se debía solamente a la falta de sí, a la pérdida de ella. Al no decir cuando en verdad pensaba, a no mostrar cuando lo necesitaba, a la realidad enmascarada, a los vuelos cortos y las llamadas rápidas…a una vida con sentido aparente para todo aquellos que la conocían desde la orilla del más allá, pero aquí se había perdido y las alas despuntaba en un intento de huida más allá de todo lo que fuese normalidad, monotonía, corrupta rutina.

Cayó, cayó en un mar de tinta donde las palabras la mordían los sentidos y las emociones despuntaban….

Y ahí estaba, seguía tumbada sobre la hierba húmeda celebrando su primer encuentro, risueña y sola, sola y feliz. Calíope observaba las estrellas desde un punto cercano, entre el umbral de los comienzos, porque en realidad siempre sería más que un simple personaje de cuento. Aún así, su manita seguía abierta, expectante. A lo lejos, resultaba solo una posición cualquiera, de cerca,

Arual supo que lo que esperaba era exactamente lo que ella estaba haciendo, cogerla, agarrarla con fuerza.

Calíope no se volvió, porque a menos que Arual escribiese ese punto ella seguiría allí, tal y como la había dejado en el último capítulo escrito.

La susurró, despacito, perfumándose de sus olores.

-Calíope, te juro que nadie, nunca…volverá a hacernos sentir extrañas.

Y el personaje sonrío de nuevo, sin letras, solo siendo, sintiendo, dotándose de vida.

Abrió los ojos, las paredes canela la rodeaban bajo el foco de una lamparita de noche, Arual miró el reloj pasada ya la media noche, con el sabor de los sueños aún enmarañado en los labios, y las ganas de…pero sin capacidad para. Pensó en Amets, en todo lo que él significaba para ella, pero sobretodo, en aquello que podía aportar a Calíope y que ahora la faltaba.

Minutos más tarde, bajo las sabanas, cayó en la cuenta de que la realidad solo era una quimera descrita de mala gana, decidió despegar, hacerlo de nuevo, como tantas veces antes…seguramente para terminar sentada en un mundo espigón junto a un niño de ojos negros tan solo vivo en papel.

No importaba, estaba, aunque solo fuese parte de su imaginación y nadie en este mundo consiguiese ver más allá del blanco y negro para distinguir el verde.

Amets existía, en algún lugar, en alguna parte….

Sonrió, antes de caer rendida.

Iraunaugue Eternia (Laura Butragueño)

Fotografía: de Arual en miniatura, Madrid (1990)

17 may. 2010

Zzzzz...

En estos últimos tiempos he dejado de creer en tantas cosas, que si aparecieras ahora me sería imposible reconocerte, apostaría a que te tornarías invisible ante mis ojos.

Son malas realidades para los que vivimos del sueño.

Y el niño de ojos negros sigue jugando solo en un paraíso de luces coloridas, algunas tan estridentes que ha dejado de ver la puerta…y puede, que a este paso, nunca encuentre la salida.

Imposible despertar…

Laura Butragueño (Iraunsugue Eternia)

Fotografía: Bajo el río Piedra (Zaragoza)

2 may. 2010

De espigones sin niños....de Calíope y Soledad.



Se había tapado los ojos con ambas manos, y eran tan diminutas, tan pequeñas, que solo cubrían el hilo de la voz que cuajaba la mirada tras los párpados, más arriba, la hilera de pestañas se doblaban gravitatoriamente hacía el universo. Largas, espesas, un poblado de hilos al viento.

-Estoy aquí, estoy aquí…¿puedes verme?

Pero solo contestó el silencio envolviendo la cúpula nocturna, sobre sus cabellos, quedaba la estructura de unos pisos con viviendas destartaladas, risas rotas. Calíope profunda y marcada bajo todas aquellas vidas, esperando, sentada al fondo de la gran sala, donde la noche se tornaba en oscuridades a media espada de filos rojos, y de vez en cuando las luces moradas reposaban sobre sus labios lamiendo la punta de sus deseos.

Quedó prendada de todos los pies que se movían a su alrededor, porque un hada de metro cincuenta y ocho puede ser lo suficientemente pequeña como para no ser vista, lo indispensablemente grande para pasar desapercibida. Escudriño las almas de todos los presentes buscando a las soledades que galopaban entre sus dedos, riéndose a carcajadas inaudibles entre la atmósfera de aquel pequeño espacio, de la sala y ella, de ella y los pies, de todas las personas, del fondo de la habitación y ella.

Las olas rompieron contra el espigón mojándola las pantorrillas, y un escalofrío pasajero tomó el corazón desmigajándolo en segundos.

-Uno, dos, no empieza, tres, cuatro, voy a salir corriendo.

Suspiró, porque el aire poblado de recuerdos era la única subsistencia que hubiese podido mantenerla con vida en aquellos instantes, hasta que solo quedó el último aliento y cayó cansada sobre su propio peso, flexionada contra las rocas.

-Hay tantas cosas que no te he contado, tantas verdades a medias, que aún me faltarían noches y sueños para que pudieras terminar de hallarme, y aun así, nunca podrías verme….estás demasiado lejos, te has vuelto demasiado humano.

Rebotó la sorpresa cuando la muchacha rubia se sentó a su lado, cruzó las piernas dejando ver parte de la rodilla. Calíope observó la piel tras la fina media, los huesos tras la piel, los músculos olvidados, la carne muerta.

-¿Ves bien?

Se sorprendió ante la pregunta, porque en realidad aunque hubiese cerrado los ojos lo habría visto todo, todo desde su perspectiva del mundo espigón. Las olas contra las rocas, las rocas contra el cuerpo, la soledad y ella, y al fondo, tan solo, la nada. La hubiese gustado explicárselo, contarla que en realidad no sabía muy bien qué es lo que hacía allí ni porque había ido, porque se suponía que si en realidad era una musa como todos decían no debería estar allí donde no se la necesita, y él nunca la necesitó. Así que a fin de cuentas si lo pensaba bien debía haber dejado aquel espacio para otra persona que al menos estuviese presente, y no pensando en que en aquel lugar un día hacía ya casi un año se equivocó de salida y terminó varada y desnuda en …..Pero en lugar de eso, se limitó a sonreír, asintiendo varias veces con la cabeza y dejando que la muchacha sintiese que era de cristal, como el zapato de una cenicienta reconocida, invisible, como ella, como el resto de gatos huérfanos que corrían entre los pies sin ser vistos.

El humo se volvió espirales al salir de su boca mezcládnosle en el ambiente, jugueteando con las luces, evaporándose entre los hilos que sujetaban a todas las marionetas que se habían colado en el lado oeste del espigón. Y en realidad seguía sola, entre la nada y la noche, y las olas, la rocas, la…se incorporó, sujetando su cuerpo entre los hilos para no ser mecida más allá de la propia corriente de sus sueños. Adentrándose en la luz que provenía del norte de la sala, buscando, sin ser buscada. Se topó con un cuerpo, y aunque reconocía la estructura la costó reencontrarse con la percepción de sentimientos. La había rozado en varias ocasiones, pero nada tembló en él, ni tan siquiera se volvió a mirarla y de un modo u otro, ella, había dejado de existir allí, para él. Por eso se acercó tanto, hasta que sus labios se posaron en el aura manchada de realidades mientras él conversaba.

-No sé si te has dado cuenta, pero estoy comenzando a desvanecerme e irremediablemente terminaré por volverme invisible….

El mundo se volcó de nuevo, como aquella vez, y la muralla torcida y derrumbada comenzó a reconstruirse en el tiempo. Los relojes encallados comenzaron a oscilar su mecanismo dando vueltas sobre las esferas de antaño, año tras año, mes tras mes, hasta que la estructura de hierro y piedra volvió a ser una fortaleza entre ambos. Impidiendo que el sonido llegase, que las miradas hablasen, que una noche en el sótano de algún lugar ella dejase caer sobre la mesa una caracola onírica y mirándolo a los ojos hablase de todo lo que nunca dijo, de gatos suicidas, de niñas de sal que sueñan con un niño de ojos de oscuridad sumergido entre las olas de las no casualidades.

Por eso bajó hasta la playa, dando la espalada a todo aquello que les había unido, si es que alguna vez lo hizo y en realidad no fue parte del sueño, de su propia realidad magnética que terminaba por confundirse en los umbrales. Se alejó de allí sin irse, parada, en el rincón de la sala, en la cola de personas transeúntes, en todas las plumas alzadas y los versos volcados. Y bajito, habló con los gatos que habían quedado maullando junto a la salida de emergencia.

-Nunca va a saberlo, y él debía ser el primero en conocer la noticia.

Y el mundo terminó ahí, contra una mesa, y la pila de libros, y las risas de la gente, y el olor a nada y la sensación de todo. Y a cada paso que daba sin ser vista se recuperaba un poco de la caída de los meses anteriores, lentamente, tejiendo las alas, el cuerpo mellado, la risa floja, la sensación de nacimiento inundándola a cada grito, firma, humo, brindis….

-En realidad yo tenía razón y nunca estuviste muerto.

…y al final del espigón solo quedaba ella, ella y soledad, porque en realidad él nunca existió.

“…porque todavía existe alguien esperándola al final del camino, deseando encontrarse con ella.”

Lo último que escuchó aquella noche antes de desaparecer fue el alarido de su propia alma, renaciendo, consciente de sí misma, devorándola de sueños…despertando las alas de aquel largo letargo invernal.

Laura Butragueño (Iraunsugue Eternia)