31 may. 2008

Llueve


El día que vio la luz los fríos aires del norte trajeron a su ciudad natal un manto blanco con el que acunar su sueño. Lo medios de des-información solían decir que aquel año fue uno de los más fríos, pero ella no lo recuerda.
Con tan solo tres horas de edad su madre la mecía en brazos frente a la ventana, explicándola que aquellos copos blancos, que caían solitarios pintando los tejados se llamaban nieve. Pero ella no aprendió esa palabra hasta unos años más tarde.

Lo que si recuerda con exactitud son las mañanas de los sábados, el olor a café recién hecho en la cocina, la suave voz de quien la trajo a la vida. Pero sobretodo el invierno y sus interminables lluvias, aquellas mañanas en las que sorprendida quedaba prendida en la ventana mirando la danzarina caída de las gotas tras el cristal.
Podía pasar horas allí sentada, casi sin pestañear y emitiendo resoplidos profundos, que más tarde se convertirían en poemas entrelazados con los recuerdos de su niñez.

Supone que en algún momento de su vida quedó enamorada de la lluvia, quizás porque pensaba que el cielo lloraba con melancólica felicidad para limpiar la tierra, como si fueran caricias acuosas que atrapaban el presente. Y las tormentas siempre fueron energía, y los relámpagos aquellas luces extrañas con las que maravillarse.
Una mañana hacía aire, el viento resoplaba contra las ventanas haciendo estallar el mal humor de la gente y en consecuencia su paz interna de niña ausente.

Su madre se acercó a la ventana, y abrazándola fuerte la inclinó más allá del poyete, donde ella solía sentarse. Porque se encaramaba a lo alto del sofá para dejar que su alma volase libre, entre las ráfagas de viento, de ahí la viene su curiosa manía de subirse a las ventanas, como si se tratase del precipicio entre la realidad que la atrapa, y los sueños que la llaman.
Recuerda las partículas de agua sobre su pelo oscuro, la sensación de humedad en el ambiente, el olor a tierra fértil que se llena de savia pura, las nubes oscuras, el frío, el aire.

-Son días de brujas –la había dicho su madre –si te fijas bien podrás verlas volar sobre sus escobas.

Al escuchar aquellas palabras algo en su mente infantil comenzó a ponerse en marcha, un engranaje fantástico de ilusiones fantásticas que la hacían posarse junto a la ventana a ver llover, pero sobretodo a buscar las damiselas con altos sombreros de pico sobrevolando la tormenta.
Aquel día no las vio, ni al siguiente, ni al otro, por eso aún suele sentarse en las alturas cuando el cielo llora, para buscar las brujas de su infancia, mientras escribe cuentos de adulta.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Playa Urbanova, Alicante mayo 2008.

Dos Cañas


Ha estado esperando en el sofá más de media hora, pero el reloj en si no importaba, de antemano sabía que la persona que esperaba llegaría tarde, es como una especie de juego que han creado entre ellos. Cuando ella espera él siempre se retrasa, la hace desquiciarse pensando que la dejará tirada, y justo antes de que ella llame enfadada él toca le timbre, y rinde una sonrisa en el umbral de la muerta mientras la da dos besos. A veces es al revés, y ella, la puntualidad naciente, decide pintarse los ojos sutilmente a última hora, sabe que eso le molesta, pero es su juego, el de siempre esperar al otro.

Han estado cenando los dos en la mesita de la terraza, hacía humedad y ella ha sentido como los pulmones comenzaban a pitarla, así que se ha encendido un cigarrillo para espantar el asma. Realmente no ha escuchado la conversación de su madre, ambos hablaban acaloradamente sobre la economía del país, pero ella estaba lejos, tan lejos que no conseguía sentir su alma. Quizás porque en parte siente se la han robado o más bien regalado, como si fuese algo inevitable ha pensado en la distancia.

Su amigo cruzó los cubiertos mirándola fijamente, clavándola sus ojos verdes de gato con esa expresión machista y egocéntrica que siempre le ha caracterizado, pero que a ella la hace sentirse hermana. Por que sabe de antemano que él necesita esos cuidados, y en el fondo siempre ha sido como una madre para ese solitario.
Se ha levantado y a abierto el cajón del mueble del salón, ha sacado la botella de patxaran y escogido el vasito con el mapa de aquella tierra madre. Lentamente ha pasado un trapo húmedo por el grabado de Euskal Herria, sonríe, porque cada vez que hace ese gesto recuerda aquellos bosques y siente como si desplegase invisibles alas en pos de una libertad etérea, que se la escapa en un suspiro. Vuelve a pensar en la distancia, mira el reloj y busca el móvil con la vista, silencio.

Él ha tomado un chupito a tragos cortos, mientras ella esperaba sentada y vestida a que se decidiese a levantarse, nuevamente el juego. Él siempre la ha llevado la contraria, le gusta, le hace sentir importante no cumpliendo sus caprichos. Pero esta noche no la apetecía jugar a hermanos gemelos, y ha decidido ponerse la chaqueta y coger el bolso en señal de prisas, no le ha quedado más remedio que meterse las manos en los bolsillos y seguirla.

Nuevamente el húmedo salitre, ella ha vuelto a notar los pitos contagiosos de los pulmones, como si subiesen hasta su corazón haciéndolo temblar en silencio, porque esa noche todo la parece demasiado tranquilo y se pregunta que estará haciendo la distancia, porque parece que no la recuerda. Aún así ha sonreído y dado la buena noticia.

-¿Qué te parece lo del curso?

-Genial, yo quería hacerlo, te están dando una gran oportunidad, es como un modulo medio –ha contestado él con la mirada perdida.

-Lo se, es una gran oportunidad.

-Eres muy jóven, y me gusta ver como te labras tu futuro, te lo estás currando y es lo importante –la ha dicho con una media sonrisa. Ella sabe que en verdad ninguno de los dos están allí, ambos piensan en la distancia, hechan de menos caricias lejanas, aún así han seguido caminando hasta llegar a la puerta acristalada.

Él abre despacio cediéndola el paso, mientras ella se gira para darle las gracias. Suben las escaleras hasta la mesita que ella siempre escoge. Es una mujer de ideas fijas, la gusta sentirse parte de los sitios y suele tener sus manías. Siempre escoge un lugar en el restaurante o el pub donde van habitualmente, y no suele cambiarlo, la gusta sentirse cómoda en aquel espacio.

-Buenas noches pareja, ¿qué vais a tomar? –ha preguntado el barman con aire sofisticado y alegría nocturna.

-Amigos –contestan ambos riéndose. Ya se han acostumbrado, porque siempre buscan un espacio en el grupo para quedarse solos, se han convertido en confidentes de penas, y ella es al único que se las cuenta del todo. Entre ellos no hay secretos, ni principio, ni fin. Su relación pudiese parecer extraña a simple vista, salen solos, compran solos, se ríen solos, lloran solos. Porque en verdad se han hermanado en el tiempo, y no hace tanto que se conocen, pero ambos comparten sueños, pero sobretodo una infancia difícil y una adolescencia marcada por el desastre y la falta de amor propio.

-Perdonar, bueno, pues ¿qué vais a tomar amigos? –pregunta nuevamente el camarero sin perder la sonrisa fingida.

-Dos cañas, ¿tienes Estrella Galicia? –se adelante él.

-No, antes la teníamos –comienza a explicarles el camarero –pero la verdad es que la pedía poca gente y ya no la traemos. Vamos a hacer una cosa, decirme si preferís algo fuerte o suave y a ver si acierto.

Ella sonríe, se sabe aquel juego, es un hombre de la noche, sabe distinguir en el aspecto que necesita cada uno, lo compara con un psicólogo nocturno.

-Mañana tengo que currar, así que algo flojito –comenta él –y para mi amiga lo mismo, que la sienta mal la cerveza fuerte.

Ha sentido la mirada sobre su piel, pero no se inmuta, sigue sentada mirando al infinito pensando sin darse cuenta nuevamente en la distancia.

-¿Te gustó lo que te serví la última vez? –la pregunta directamente. Ella se extraña porque hace más de dos meses que no coincide con aquel camarero, y realmente solo se vieron dos noches.

-¿Te acuerdas? –sale de su letargo y sonríe sorprendida –si lo mismo de la otra vez.

-Claro, si, te recuerdo te sentaste además si no me equivoco en la misma mesa y luego estuviste jugando con una amiga a los dardos –la mira fijamente, pero ella desvía la mirada, piensa en otros ojos, lejanos, muy lejanos.

-¡Que buena memoria! –finge sorpresa, porque en realidad poco la importa si ese desconocido la recuerda.

-Bueno, hay personas difíciles de olvidar –guiña un ojo, mientras reposa sobre la mesita un cenicero impoluto –dejarme que os invite a dos chupitos, pienso os van a gustar.

No ha pasado más de diez minutos, pero ambos han entrado en una conversación fluida sobre el futuro de ella. Él insiste que debe hacerlo todo antes de los treinta, que le mire a él, que perdió el tiempo, que debe seguir estudiando. Ella ha hablado de todos esos planes, bajo la mirada orgullosa de su amigo, parece que por unos minutos han conseguido centrarse, pero el camarero ha aparecido de nuevo con su verborrea nocturna para desplazarles.

Deja las cervezas sobre la mesa, y los muestra los chupitos.

-Esto se toma de la siguiente manera –comienza a explicarles mientras se dirige a ella –os tomáis los chupitos a sorbos lentos y luego un largo trago de cerveza, veréis el gusto que deja en el paladar.

Siguen las instrucciones al pie de la letra, ella necesita que se marche, siente como el estómago comienza a volverse una cuerda de nudos que la aprietan hasta el pecho, la ansiedad se vuelve en su contra y tiene que respirar un momento. Ha aprendido a controlarla desde que era una niña, no hay problema, respira profundo, se calma a si misma y toma aquella bebida, suspira al terminar, todo en calma, pero sigue habiendo nudos.

Sabe de antemano que los produce el silencio, y que si no habla seguirán estrujándola el aliento por dentro. Mira el móvil, ya no escucha al camarero, nada, tan solo la nada.
Odia esa mirada, la hace sentirse enferma, porque es tan solo la hipocresía de las luces tenues, la forma en que se gana con galanterías clientas, y ella va a ese pub porque está cerca, la gusta, la apetece. No necesita gestos fingidos, la dan ganas de hablar y decirlo, se muerde la lengua.
Han pasado un largo rato contándose todo lo que hicieron, pero ambos parecen ensimismados en sus propios pensamientos.

-Estás enamorado –se ha decidido a decirle.

-¿Tú crees?

-Sí, y me encanta verte así, por fin ver que alguien te llena de verdad –se abrazan en los centímetros que los separan, no se tocan, pero ambos sienten aquel amistosos abrazo.

-¿Qué te parece ella? –pregunta eludiendo la mirada por miedo a la respuesta.

-Sencillamente perfecta, tiene unos ojazos impresionantes y como mujer denota poderío, carácter, y te llena que es lo importante. Y bueno a mi personalmente me cae genial.

-Sabes, tienes razón, al principio pensé que teniendo ambos tanto carácter saldría mal, pero cada día la conozco más y mira, si, me estoy enamorando –intenta no mostrar entusiasmo, suele controlar sus sentimientos evitando que los demás puedan leer en sus gestos. Pero ella es su amiga, y ha aprendido a conocerle, en parte podría decirse que sabe leerle la mente –pero ella tiene dudas.

-¿Dudas? –ha preguntado extrañada mientras elevaba una ceja en señal de extrañeza.

-Sí, por la distancia y eso, que lo lleva mal –hace una pausa para tomar un trago corto de cerveza, cierra los ojos mientras la saborea –y yo no puedo decirla que estoy acostumbrado, que todas mis novias han sido de fuera, y que para mí esto es normal.

-Bueno –intenta medir las palabras –supongo que yo si se lo diría, pero yo suelo hablar más de la cuenta. Mejor que no sepa nada, el pasado, pasado está.

Se ha girado nuevamente para mirar el móvil, mientras se repetía a si misma que aquella estampa era un tanto estúpida, y que debería intentar olvidar a la distancia un momento. Pero su pensamiento la juega malas pasadas y más a esas horas de la noche.

-¿Tienes algo que contarme? –pregunta él de repente.

-¿Yo, ¿por qué? –se ha puesto nerviosa, así que ha buscado el botellín para no tener que mirarle. Son diferentes, muy diferentes, ella es incapaz de no mostrar lo que siente y por su lado él se le antoja imposible dejar ver los sentimientos. Pero por alguna extraña razón se conocen, y ambos miden el terreno.

-Estas distinta, rara.

-¿Rara?, ¿yo? -podría seguir fingiendo, porque en verdad no sabe muy bien porque está callando aquello. Él es su mejor amigo, y desde luego no es precisamente un hombre incapaz de no leer entre las líneas de conversaciones absurdas. Pero piensa que si habla pensará más, y si piensa más comenzará a pensarle, y entonces terminará con la mirada perdida en la pared imaginando unos ojos verdes. –sí, es verdad, ha pasado algo.

Sonríe pícara, quizás con una expresión soñadora que el interpretará enamoradiza, y ella no le quitará la razón, la conoce, demasiado para su gusto. Todo ha surgido como un torrente de recuerdos que ha depositado entre los cigarrillos, mientras el nudo del estómago se deshilachaba en las preguntas de él, y las afirmaciones y respuestas de ella.
Él sonreía, mientras ella se afanaba en intentar contarle todo para que entendiese, pero él entendía, no hacía falta más, solo hacía falta verla.

-Te llevo este fin de semana hasta Valencia, tengo que coger el avión a Milán –la ha propuesto.

-No, este finde no puede ser –ha meditado en ello a pesar de la negativa. Pero sobretodo la ha gustado observar un atisbo de luz en sus pupilas, porque se le han iluminado al pensar en el viaje –. Pronto estarás de nuevo con ella.

-No lo entiendo, no se porque hay que esperar tanto, nueve horas no son normales, nueve horas no son por nada –la ha insistido –yo soy tío, y te aseguro que no me tiro nueve horas al teléfono.

-No claro, solo te pasas el día enganchado a internet –se han reído juntos unos instantes, nuevamente ambos han mirado el móvil.

-Me ha mandado besos para ti.

Ella se ha limitado a responder con un gesto de asentimiento, sabe que ahora le toca hablar a él. Así que le ha dejado ponerse en papel de adulto, le ha escuchado petrificada, porque la conversación la interesa y la estaba aclarando dudas. Siempre la vino bien su opinión masculina, en un rato ella terminaría aconsejándole a él.
Al terminar ambos han vuelto a mirar el teléfono cómplices de la distancia y el silencio, a continuación han bostezado.

-¿Estas cansado?

-Joder si, llevo currando 12horas toda la semana, y mañana me quedan otras siete –ha respondido -¿tú no estas cansada tía?

-No, no se, no tengo sueño –la noche la despereza, sintiéndose participe de la oscuridad, la invita a volar, pero sobretodo a sumergirse en la escritura de los pensamientos. Vuelve a pensarle, ¿la estará pensando él? –. Vámonos, mañana más.

Se han levantado y al bajar las escaleras el camarero la ha cedido el paso, no le ha mirado, tan solo ha vuelto a fijar la vista en el infinito hasta chocar contra la barra. Ha sacado el monedero y él se ha adelantado a cogerla una mano desaprobando la hazaña.

-No, hoy pago yo, déjame que me apetece –le ha dicho, y él se ha hechado para atrás comprensivo.

Al salir a la calle han notado la subida de temperatura, olía a mar y salitre nocturno, se la ha pegado en la melancolía como herrumbre, hasta desgastarla la sonrisa y quedar velada la mirada. Él caminaba con las manos en los bolsillos a su lado, ha seguido hablando de la distancia de ella, entusiasmado, cavilando nuevamente en esas nueve horas que ella ha comentado.
Han llegado hasta la puerta de casa sin dejar de hablar, la distancia, la distancia, ninguno de los dos pueden quitárselo de la cabeza. En el fondo están enganchados a ella, aunque les gustaría romper las barreras y aparecer allí donde se encuentren.

Se han dado un corto abrazo para despedirse, él ha esperado hasta que ella ha conseguido traspasar las rejas y saludarles casi desde el ascensor con la mano, entonces lo ha visto marchar.
Ahora seguramente él estará meditando en casa, lo conoce, sabe que parece no mostrar nada pero que en el fondo puede que sienta más que nadie, a ojos ajenos tal vez se mude extraño. Para los que le conocen se saben que en verdad es un volcán de sentimientos, incapaz de entrar en erupción, tan solo en la calidez de una conversación agitada por la saporífera cerveza que sube lenta hasta el cerebro.

Ella se ha desmaquillado con una mano mientras acariciaba a la gatuna presencia que tenía al lado, tras una sesión de bufidos intencionado al juego la ha perseguido corriendo por toda la casa. Se han sentado cerca, ella sobre la silla con las piernas cruzadas mientras escribía meditativa, la gata junto a la ventana, pensativa, observando el oscuro horizonte.
El silencio se ha roto y ella ha sonreído, en esos instantes tras contestar ha pensado que debería ir a dormir, pero es que la faltaba algo, y no consigue conciliar el sueño, no sin él...

Iraunsugue Eternia

29 may. 2008

El Timbre


-Llaman a la puerta, ¿es que no piensas abrir?

-Om, es tan solo Melancolía y esa tiene llave propia.

-Deberíamos cambiar la cerradura.

-Sí, pero de eso se encarga siempre Alegría.

-Oh bueno, mientras no venga Tristeza.

-No creo, pero ambas sabemos mi querida Esperanza que esa muchacha es imprevisible.

-Cierto, ¿necesitas algo?

-Sí, que alguien me quite esta borrachera de Nostalgia.

-Pues aquí solo queda un trago de Ilusión, ¿lo quieres?

-Bueno, vendrá bien para la resaca de Dudas.

Iraunsugue Eternia


Fotografía- Caricias de arena, Playa Los Arenales, mayo 2008.

Sin voz

Hoy ella ha decidido que necesitaba palabras acompañadas de gestos, porque las promesas se la han antojado metáforas, y las personas mundanas. Tan solo ha decido alojarse de nuevo en el umbral del quizás. Por que desde allí todo se ve con el prisma de la versatilidad soñada, y no la realidad fingida y doliente que de vez en cuando la engaña.

Hoy ella se ha dado cuenta que es una marioneta del arte, porque en verdad son todos quién mueven sus hilos, pero ella parece quedarse muda ante el voto. Su voz tan solo es un cordel de silencios, porque cuando nadie te escucha y tan solo quieren hablar te conviertes en eso.

Se siente llena por dentro y hueca por fuera, como si fuese tan solo la copa donde vacían las penas, y ella se ha vuelto camino de angustias, acompañante fiel de la esperanza única, pero la vulnerabilidad de las ánimas se la antoja ridícula, cuando es ella quien grita y nadie…la escucha.
Se ha cansado de ser la mano que saca las penas del pozo, la quién guía cuando la mar se vuelve oscura, la vela en tierra, la voz de lucha, ella la que siempre está y nadie la escucha.

Se ha dado cuenta de lo ridículo de su existencia, de ser siempre la musa, y al soñarla la tienen, y al despertar la pierden. Pero siempre queda esa gratificante obra boyante de todo, y para ella, la nada.
Hoy se siente un poco así, como si en verdad no valiese nada, y todos los que la rodean fingieran palabras. Se vuelve parábola descendiente, se esconde en si misma, se acurruca en el sentir de la lágrima ligera, se ahoga en el silencio constante que espera.

Ha decidido quedar allí, petrificada y muerta, hasta que las voces se tornen quizás verdaderas y el sol decida amainar su tormenta.

Iraunsugue Eternia

Fotografía-Playa Tratada, mayo 2008.



La Duda

La duda se encuentra cuando todo quedó a medias, y el paso siguiente no se sabe certero, o quizás tan solo surgen los miedos de lo que puede que sea, o no sea.
Simplemente ella vive alojada en el epicentro del ser, apagada, como si fuese el último reducto de un volcán milenario que duerme sereno en una fingida calma.

La duda se activa con los resortes de la incertidumbre, la duda aparece cuando somos incapaces de ver más allá. Porque los muros de la realidad comienzan a convertirse en colmenas, y la voz de terceras no es lo suficientemente audible.
Entonces la duda renace de nuevo con fuerza, te hace temblar hasta terminar vencido ante ella, aprisiona, muerde, te roba los sueños.
Y cuanto más lucha más crece, porque se reproduce como un virus mortífero dispuesto a convertirte en fiel servidor de su causa. Te vuelves vulnerable, te vuelves frágil, y cualquier palabra, mirada, gesto e incluso el más leve soplido, es capaz de romper la coraza que hasta ahora habías fundido, para protegerte contra las inclemencias de la duda.

Pero ya es tarde, es tarde, cuando la duda ha conseguido traspasar la voluntad tranquila, todo queda reducido a nada. Y tu mismo te vuelves duda, aunque luches, aunque pienses, ya nada podrás hacer…ella se ha hecho dueña y señora de todo tu ser.

Iraunsugue Eternia

Fotografía-Despegando, Alicante septimebre 2007.

28 may. 2008

Ausencia

La ausencia de tu voz es el preámbulo de mis sueños, cadena irremediable de sentimientos que llevan a la quimérica duda de tenerte etéreo, como si fueras parte del caótico mundo donde al dormir despierto.

Y al despertar tengo tinta en las manos, como si de algún modo se rasgase la distancia siendo capaces de acariciar las palabras.

Y razono el mediático deseo de tenerte cerca, ser el peso de las sábanas que te envuelven al caer en mi mundo. Como si te tratase de un preludio de caricias tardías que eluden el tiempo y el espacio.

Solo buscan, solo añoran,
solo calma la tempestad de mi nostalgia cuando te siento cerca, e irremediablemente el muro se vuelve opaco. Como si estuvieras a mi lado, tan cerca, que son capaces de sentirte mis labios.

Enfundo las pasiones en risa infantil, para moldearlas de recuerdos no vividos o quizás si, para soltar libre la imaginación del sentir, y tan solo dejarme llevar por la necesidad de ti.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Septiembre, Alicante 2007.

Mi guacamayo de las alas verdes.


Nunca la gustó cuando escuchaba aquella típica frase “Laura de aquí no te muevas”, cuando había tanto mundo por explorar. Menos aún cuando insistían que bajase de los árboles, que dejase de soñar, que no mordiese los lapiceros, que no se fuese sin decir a donde, que contase donde había estado……

Aquello siempre la puso furiosa, por eso cuando preguntaban se limitaba a enmudecer y encogerse de hombros, lo suyo jamás fueron las explicaciones….Y había días que aquella mirada fija sobre su nunca, mientras jugaba la resultaba aterradora. Era como si esos ojos de algún modo se introdujesen en su subconsciente sacando a la luz todos y cada uno de sus pensamientos.

A Laura, siempre la gustó ser libre. Por eso aquella aburrida tarde de primavera mientras sentada en el balcón observaba a los niños, construir cobertizos con los restos de las obras de la esquina, decidió que si ella no podía salir a jugar, lo harían sus pájaros.

Se subió a la banqueta y de puntillas alcanzó las jaulas metálicas, los pájaros comenzaron a batir las alas un tanto nerviosos. Ya en el suelo, se dedicó a abrir las puertecillas y azuzarlos para que volasen lejos.

-Laura, ¿qué haces? –preguntó su madre

-Los pájaros querían ser libres.

-Pero hija, si los sueltas nunca volverán –la dijo enfadada.


Años después, mientras tomaba un café con una amiga y hablaba del amor esta le dijo:

-El problema es que das demasiadas libertades a los hombres, los dejas ser libres y se largan.

Entonces Laura recordó que aquel día en el que soltó los pájaros, todos los canarios volaron lejos, pero un guacamayo de alas verdes, que emitía sonidos extraños que a todos les parecía molestos menos a ella, se quedó posado muy cerca de aquella niña.
Se volvió hacía su amiga y con una sonrisa espléndida la contestó:

-Bueno, quizás es que los canarios no estén hechos para mí y deba ser un guacamayo de alas verdes el que decida al ver que le dejo libre, quedarse a mi lado.

Aquella mañana su amiga la volvió a tachar de loca, soñadora y romántica empedernida…

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Madrid, 1988

Ciencia pseudofilosófica de las ánimas.


Y podríamos decir que tan solo somos carne, vísceras y huesos, un conjunto corpóreo de células unidas que forman un cuerpo. Con rasgos parecidos a muchos y a su vez diferentes a todos, únicos al fin y al cabo.

Pero en las profundidades de nuestro ser corre deprisa la energía que irradiamos y que a su vez se une con la cósmica formando un núcleo vivo de ilusiones y sueños, frustraciones y miedos.

Somos un mismo centro caótico e inestable que se mueve al compás del cerebro, va allí donde lo llevamos. Pero crece o mengua dependiendo de nuestro estado de ánimo, de tal forma que influye en nuestra propia vida y en la de aquellos que nos rodean.

Salta como chispas, cuando conocemos a una persona de energía característica a la nuestra y repele a aquellas que de otra forma irrumpen en nuestro espacio astral, robándonos la energía.

Nuestras ánimas chocan en su conjunto de tal forma que o inmediatamente crean entre ellas un círculo donde la energía fluye por igual, o si por el contrario, la energía del otro intenta atrapar o vencer la nuestra, tendemos a plegarnos hacía nuestro propio ser o estallar con violencia.

Si pudiésemos ver el aura de las personas comprobaríamos como la pareja de enamorados que se besan en el parque, comparten energías traslúcidas de un fuerte color añil. Mientras que aquellos que discuten irradian un enorme potencial rojizo de esa aura que les protege.

Todo ser humano creyente o no, de alguna forma es consciente de su poder energético. Y si aprendiese no solo a verlo, si no a trasformarlo y jugar con su propio ser, sería capaz de hacer grandes logros con lo que a las relaciones personales se refiere.

Cuando comienzas a sentir y escuchar la voz que nace en tu interior, y que hasta este momento mantenías callada, es cuando se abre un nuevo mundo y el real comienza a verse de diferente forma.

De esta manera eres capaz de ver y sentir cuando una persona intenta robarte energía, tan solo has de aprender a rodearte de un círculo kármiko que tú mismo creas, impidiendo de esta forma ser fuente que se agota.
Cuando te enamoras, comprendes que el añil de dicha fuente puede trasformarse a oscuridad plena, si somos incapaces de seguir la rueda y enviar positivismo, la relación comienza a marchitarse y termina por agobiar al espíritu.

Antes de intentar ver en los demás, deberíamos aprender a mirar en nuestro propio espíritu.

Iraunsugue Eternia

Fotografía-Un atardecer en Alicante, mayo 2008.

27 may. 2008

THE CURE-LOVESONG



Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am home again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am whole again

Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am young again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am fun again

However far away
I will always love you
However long I stay
I will always love you
Whatever words I say
I will always love you
I will always love you

Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am free again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am clean again

However far away
I will always love you
However long I stay
I will always love you
Whatever words I say
I will always love you
I will always love you.

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Siempre he pensado que las canciones tienen vida, porque nacen de las palabras de quien las sueña, y va tomando forma en los acordes de quienes las interpretan.
Pero sobretodo las canciones tienen alma, las de aquellas personas que en un momento causal en sus vidas, el destino pone como atrezzo una canción cualquiera. Que desde ese momento comienza a ser la más especial porque está ligada a los recuerdos del primer amor, el primer beso, la primera vez, el día en el que conocí a…, o lo bien que lo pasamos en….

Vamos formando una lista privada de musicalidad ligada a nuestro pasado, como si se tratase de una cadena invisible que se contrae con el peso de la memoria, cuando al escuchar esa canción, echamos la vista atrás para revivir aquellos días.

Lo más curioso es como el destino juega con las notas para recordarnos momentos, porque donde menos te lo esperas te asalta la música con los recuerdos….

Iraunsugue Eternia

26 may. 2008

Difuminamos Recuerdos.


Arañamos los recuerdos con nostalgia en el presente, modificamos a golpe de pensamiento todo lo vivido, encarcelamos el dolor e intensificamos la alegría.
Por eso siempre recordamos lo bonito, porque de alguna manera inexplicable, nuestro cerebro se encarga de guardar bajo llave las frustraciones y los miedos de aquellos días, para terminar dejando tan solo…melancolía.

Pintamos los ojos del pasado con colores variados, aquellos que nos hubiese gustado encontrarnos, por eso al toparnos en el presente con el ayer, caemos en la cuenta de cómo hemos cambiado, ¿cambiado o idealizado?
Por que el ser humano funciona de esa manera, tergiversa la información que le llega hasta hacerse su propio guión de la película que vivió, por eso siempre termina siendo como quisimos.

Vivimos, sentimos, pero con el paso del tiempo modificamos el destino, vagabundeamos los sentimientos para intensificarlos al máximo, añoramos lo ocurrido cuando en verdad, cuando lo tuvimos, no supimos cuidarlo y si lo tuviésemos, terminaríamos despreciándolo.
Pero así pasan los años, y terminamos guardando en una cajita del pasado lo que no fue pero siempre diremos que si ocurrió, porque en verdad, nuestra mente tiende a difuminar los recuerdos, para convertirlos en viejos sueños.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Collage de recuerdos, 1999,2000,2001.

25 may. 2008

Deseos de Espuma.


Hubiese querido poder acariciarte,
recorrer tu cuerpo mientras apresas mi cintura,
volverme de arena rodeándote en segundos,
y de salinos besos ser ocaso de murmullos.

Poseer palmo a palmo la distancia hasta tu pelo,
ungir de pasiones los pasos huecos
entre tu boca y la mía,
sentirte profundo mientras me vuelvo de espuma.

Reconvertir el mapa de mi ser entre tus manos,
ser reina y dueña del gemido aplicado,
volverme bursátil si me creas en caricias,
rozarte muy cerca al compás de una mirada,
ser parte del suspiro que ahora…
…se te escapa.

Moldéame de sal y créame de arena,
hazme cielo y se tú la tormenta.
Fabrica sensaciones con el ir de las mareas,
y al venir de las olas bésame despacio,
hasta hacerme sentir la vida entre tus brazos.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Plya de Los Arenales, Alicante mayo 2008.

Niña de arena, mar y cielo...


Aquella tarde mi mundo de dividía en tres partes…

-De cielo y pensamientos.

-De mar y recuerdos.

-De arena y sensaciones.

Y yo, tan solo, me sentía conforme con aquel estado acuoso que teñía de sal mis cajitas del pasado, mientras el viento susurraba lento en mi cerebro palabras que nunca dije y la suave manta de minúsculas piedrecillas arropaban mi estructura….

…No quise más, en aquellos instantes yo era cielo, tierra y mar…¿qué más podía pedir?

Iraunsugue Eternia.


Fotografía-Playa de Los Arenales, Mayo 2008

24 may. 2008

De Él y el Desamor.

Cerró las tapas del libro con fuerza, la escuchó gemir acurrucada entre las sábanas pero no había conseguido despertarla, así que intentó hacer el mayor ruido posible al dejar las gafas en la mesilla, y el libro, y la esclava. Pero parecía que un sueño profundo se había apoderado de su acompañante y ni un terremoto la haría despertar ahora, así que tosió, pero nada.
Le hubiese gustado que ella se volviese con aquella carita de niña, resplandeciente sonrisa casi adolescente con la que era capaz de iluminar el mundo, el suyo, pero hacía tiempo que la sonrisa se apagó, y es que hasta los ojos habían dejado de brillarla y ahora tan solo, eran lágrimas.

Apagó la luz y se dejo caer entre las sabanas, hechaba de menos volverse a abrazarla, pero cuando lo hacía, a ella parecía recorrerla un escalofrió y terminaba sintiéndose incomodo con aquel cuerpecito entre sus brazos, que solía temblar de frío por la falta de calor propio. Se había vuelto una extraña que vagabundeaba por la casa en solitario, mascullando para si misma, y antes para él todo fueron sonrisas, encuentros en las esquinas de un pasillo verde lima donde arrebatadora le atraía hacia sus labios. Pero ya, ya, ni siquiera contestaba a los simples “te quieros” que el pronunciaba cada cinco minutos para ver si a ella la hacían efecto.

“Vacíos” había dicho aquella tarde “tus te quiero están vacíos”. Pero él no lo sentía así, de algún modo jamás supo como acercarse a ella, y es que hasta ahora siempre fue distante. Había aprendido a planear los sentimientos sobre sus pechos, y a amar con voz elevada junto a su cuerpo. Pero ahora, en esos momentos, comprendió que de algún modo había vuelto a ser el mismo chico frío que ella conoció. Cada mañana le costaba más expresar lo que bullía, porque en verdad, había comenzado a sentirse vacío, vacío y solo. Mientras ella llenaba su vida de historias paralelas inventadas a papel, y él intentaba teñir con tinta cada uno de sus cuadros, rojizos brochazos de una pasión que era incapaz de sacar.

Reconocía que se había olvidado de las flores que dejaba de vez en cuando sobre su almohada, y hasta de los detalles que a ella tanto la gustaban. Por olvidar se olvidó hasta de lo que era el amor. Y poco a poco fueron rompiendo una cuerda que antes los había mantenido unidos en la misma distancia y posición, ahora, fragmentada en partículas de desasosiego, él perdía los estribos y comenzaba a insultar cada vez que ella intentaba explicarse.

Simplemente se dejaba llevar por una rabia contenida del no poder expresarse, así que gritaba mucho, y ella gritaba mas, y él hacia daño, y ella lo hacía mas. Guerra continua de lenguas cual dagas, que terminaban en odio y venganza. Y él cada día olvidaba más cosas y metía más la pata. Dejó de hacer todo para limitarse a entrar por la puerta y sentarse en le sofá como si nada, mientras la observaba barrer y estudiar a la vez, correr de un lado para otro con el estrés pegado a los talones. Pero él ya no podía levantarse, se perdió a si mismo, y no sabia muy bien como llegar a ella de nuevo, ella siempre estuvo lejos, volando alto y él, cerca del suelo, a ras.

-Quizás tengas razón sabes –comenzó a decirla –y lo mejor sea alejarnos.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Calles de Murcia, Febrero 2008

De Ella y el Desamor

Se desvistió despacio dejando caer la ropa al suelo, acto seguido recogió el pijama se seda carmesí y lo depositó doblado sobre la mesita de noche. Sintió el frío de las sábanas recorriendo su piel en un estímulo entregado hasta que se dejo vencer por un mentiroso sueño que se apoderó de ella en el instante en el que él salía del baño.
Cerró los ojos haciéndose la dormida, y de espaldas al hueco vacío que llenaría segundos más tarde su acompañante, intentó relajar la mente para dejarse llevar al mundo de los sueños. Pero aquella noche la soledad se había tornado conjunta y pinchaba como escarpias junto aquel cuerpo desnudo.

La sobrevino la idea de tocarle, acercarse unos centímetros hasta quedar piel con piel en un estímulo apasionado, pero hacía varios meses que el candor de aquella cama se había apagado. Y el desasosiego era la única compañía de aquella pareja de extraños. Sabía que si se volvía buscando su cara, él la abrazaría para dormir. Pero tan solo el pensar en sentir aquellos brazos alrededor de su cintura la inquietaba, y el estómago de media vuelta comenzaba a producir jugos gastitos con sabor a bilis.

Aquella noche, mientras le oía pasar las páginas del libro en la tenue luz de la habitación, pensó en como había mutado aquel amor pasional de los comienzos. Y es que él ya no era el mismo, ahora tan solo el espectro del hombre que la enamoró. Hacía tiempo que no se reían juntos y que aquellos insignificantes despistes de él se habían vuelto las peleas diarias.

“Se te olvidó pagar el agua, tenías que hacer la compra, ¿cómo que se te ha olvidado la cartera? Tenemos que pagar la compra, ¿dónde está el dinero que reservé en la cuenta?¿te lo has gastado?” Y es que los te quiero se volvían vacíos en una convivencia monótona, y lo que antes fuese risa ahora tan solo, eran lágrimas. Ella había ido cayendo en la desesperación de las amargas lágrimas, del no necesitarle para nada, de valerse por si misma con sus pensamientos. Y lo que antes fuese un sueño ahora era la más terrible de las pesadillas, y no despertaba, tan solo, se hundía.
Había caído en la cuenta de que él jamás la quiso, tan solo la necesitó de algún modo, como se fuese el vínculo con la realidad de la vida, ella, la que de todo se encargaba, la que todo hacía. “No pasa nada yo me ocuparé de ello”, se había convertido en la frase favorita de sus labios mudos de miedos.

Al comienzo todo era perdonable, y no había más que sentarse hablar para que ambos escuchasen lo que el otro tenía que decirles, pero ahora, tan solo la inútil idea de quejarse por algo se convertía en una batalla campal. Y él comenzó a utilizar palabras mayores, y ella se subió al carro de los insultos acompañados de llantos.
Necesidad de morir, eso era lo que sentía, la férrea necesidad de abrir la ventana y tan solo, dejarse caer, para no llevar aquel lastre de amor que la agobiaba por dentro, y la ataba a una convivencia de reproches continuos.
Se sentía vacía, se sentía sola, despreciada, olvidada, no amada, pero sobretodo había olvidado lo que era temblar bajo las sabanas. Y tenía que esforzarse en inventarse historias apasionadas cuando él decidía besarla. Extraño nuevo concepto, lo que antes era ambrosia en sus labios ahora se había vuelto desprecio.

-¡No puedo más! –gritó en alto, pero la habitación tan solo respondió silencio.

Iraunsugue Eternia

Fotografía-Arte en la calle, Ceutí, Murcia Mayo 2008

Posesión


Ella se incorporó lánguida y misteriosa mientras él seguía hilando las palabras de aquella insulsa conversación. Se acercó tigresa hasta sus labios mordiéndolos suavemente en una caricia de pecado hasta que sus lenguas se unieron y las manos de él atraparon el pezón erecto bajo su nívea camisa….al abrir los ojos sintió erecta virilidad del deseo. Pero ella no se había movido de su sitio y él entonces, cayó en la cuenta de que aquel instante solo fue un fugaz pensamiento de posesión, pues en verdad no sabía muy bien como acercarse a ella.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Escultura, exposición Ceutí (Murcia) Abril 2008

Des-ilusión.

Había jurado que nunca más volvería a pasar aquello, pero de nuevo se encontraba postrada frente a la oscuridad odiándose a si misma. Se subió a la ventana con nostalgia adolescente para terminar hilando pensamientos sentada sobre el alfeizar. Y la calle tan solo era una oscura masa que iluminaban lánguidas farolas.

La hubiese gustado saltar al vacío para desparramar sobre el asfalto la melancolía que se aferraba mortífera a sus talones. Se culpaba por depositar la confianza en manos inexpertas, porque hubo un tiempo en el cual esto la costó las lágrimas, y ahora, irremediablemente se encontraba de nuevo observándose en el propio espejo del ser. Maldiciéndose por la infantil idea de volver a creer.

Nada había cambiado, y por desgracia todos seguían siendo los mismos, tan solo el collar cambiaba de nombre, pero el perro seguía siendo aquel de entonces. La benevolencia humana que ocultaba el egoísmo interior de estar por una razón concreta, el sacar provecho de alguna manera.

Y ella, estúpida e inocente, cedía de nuevo las manos en señal de amistad a quienes quizás menos se lo mereciese. Podría decirse que estaba tocada y hundida, porque hubiese esperado aquello de miles de ojos, pero nunca de los suyos. Quizás porque siempre vio un atisbo de plena confianza y cariño en esa mirada que predecía ser sincera, y hoy, se ocultaba tras las rejas del callar la verdadera razón de todo aquel embrollo.

-Podría decirse que la habían fallado-, pensó mientras exhalaba la última calada del cigarrillo y sorbía las lágrimas con aire digno. Pero no seria cierto, pues la única realidad es que la culpable de todo era esa manía suya de dar confianza plena a quienes paseaban por el puzzle de su vida. Pensar que eran imprescindibles fichas, y acoplarlas a golpe y porrazo aunque no encajasen de ninguna manera, daba igual, ella recortaba los bordes hasta hacerlas encajar, craso error.

Pensó por unos minutos que lo mejor era expulsar toda aquella verborrea barata, de infantilidad mortífera que se la agolpaba en la garganta, pero más tarde calló en la cuenta de que se servirían de excusas, para quedar ella cual niña con camisa de fuerzas y ellos, angelicales rostros que falseaban caretas.

Así que decidió simplemente desaparecer de aquel mapa, marcharse lejos donde no pudiesen alcanzarla. Pues si volvían, si ellos volvían, ella, tonta, estúpida, niña; caería de nuevo en las redes del perdón y el olvido. De nuevo a merced de aquellos seres cosidos con puntadas de egoísmo.
Se sintió olvidada, sin nadie a quien acudir, y tras repasar la agenda del teléfono varias veces, meditó la manera de deshacerse de aquel agotador estado anímico que la inspiraba flaqueza en el aura.

Podría decirse a si misma que no pasaría de nuevo, pero no estaría en lo cierto y se mentiría de nuevo. Caería en la errónea idea de desnudarse ante la amistad sincera pensando que aquello era lo que ambos buscaban, y nuevamente el hachazo llegaría cuado menos lo esperase. Y dolería, dolería tanto que acabaría de nuevo cual gata maullando a la luna las penas, sin alcohol donde ahogarlas y dando la calada al último cigarrillo de la noche.

Así que tan solo se limitó a dejar caer las piernas, balancearse sobre su propio cuerpo y sentir el vacío nocivo bajo su esqueleto. El viento trajo memoria en los recuerdos de antaño, pensamientos mecidos de la misma manera en otra ventana, lejos de allí. Cuando la vida tan solo eran los minutos incansables hasta la medianoche de las almas, y ella entonaba quizás alguna perdida nota de olvidada guitarra.

Pero aquello tan solo formaba parte del pasado…jeroglíficos que atormentaban la mente con ideas absurdas, rabia contendida que se escapó bajo el silbato de la media noche. Y al final tan solo trepó de nuevo hasta la cama, para acurrucarse escondida bajo las sabanas y olvidarse de todo y de todos…hasta mañana.

Iraunsugue Eternia

Fotografía-Alicante Diciembre 2007

23 may. 2008

Noctámbula reina.


Acaricia la cordura con el paso de los sueños, mientras extrae de lo profundo la inútil sensación de conocimiento. Metamorfosis cíclica que la hace bursátil, sutil ante el espejo incoloro que la muestra su propio cuerpo desnudo.
Y se deja balancear por la eterna calma que reina en su mundo, juega a crear pasadizos secretos repletos de estrellas, oscuros cielos sin tormentas.

De sus cabellos forma rayos, de las caderas entrelaza la pasión al movimiento sonoro del mismo universo, mientras la voz se disipa lejos, como si fuese la nana de un quimérico ensañamiento.
Juega con las pasiones tranquilas, las mezcla con ritmos afrodisíacos, que llegan sutiles desde la realidad paralela de la cual se esconde. Besa tranquila el espacio, como si de un amante apasionado de tratase la toma en sus brazos y ella, se torna poesía, acordes perdidos de una guitarra, irregulares caricias del espacio en su piel.

Gime y calma el deseo en la nebulosa, se vuelve cálida y húmeda, manejable y moldeable complemento de un incorpóreo ser que la toma en sus brazos, y se funden ambos, en movimientos antiestáticos que dan paso a las estrellas. La abraza con fuerza, se hunde dentro de ella en el ahogado susurro de la noche eterna, la hace visible a cada paso de su lengua. Y en el último suspiro del segundo en el placer, se vuelven uno, nirvana de lo efímero, ella estalla en mil partículas, él, vuelve a la vida.

Y la noche duerme, porque ella yace sonriente en el umbral de la inmortalidad, del paseo onírico, del reino de los sueños, lejos de toda gravitatoria realidad, reina, tan solo la reina una vez más….

Iraunsugue Eternia


Ilustración por Diegotxe Montesinos 2005

21 may. 2008

Des-Esperanza.


El susurrar de la pereza me cuenta que tengo sueños para inventarte, moldear tu cuerpo con la mente de las manos, darte forma despacio, muy despacio, hasta hacer el surco de tus labios, hilar con lágrimas acuosa mirada, deshilachar la sequedad de la piel con mis ganas.

Ya he olvidado el reloj de los años frustrados, de los deseos marchitos de los mapas que rompí por encontrarme contigo.
Ya nada me vale, ni nada me consta, cuando pierdo la esperanza de encontrarte en la deshora de un quiero y no puedo, te busco y me arrepiento, te espero y me marcho, te añoro y maldigo los años.

Quedé varada entre la sal que escuece amarga los pensamientos impuros, el imaginar tus ojos comparándolos con el maldito mundo. Ruge sin más el eco de mis pasos, se apaga impávida la llama que te lleva hasta mis brazos.

Ya no te espero, ya no te busco, ya tan solo me quedo en el umbral de los segundos.

Iraunsugue Eternia
Fotografía por Gonzalo Bautista-Canarias 2007.

La increible historia de Sñr.Perro Hortelano y Sñrta.Nome Enamoro

El Señor Perro Hortelano había nacido en una ciudad cualquiera, un día cualquiera, de un fatídico mes cualquiera, su edad oscilaba entre los 25 y 45 años. Inteligente, apuesto y de clase media, Sñr.Perro Hortelano ocupaba la mayor parte de su tiempo en sus quehaceres sociales.
Con los años y la falta de soledad, Sñr.Perro había aprendido que la vida se medía en experiencias, viajes y sueños cumplidos, por eso intentaba perseguir metas cortas, aquellas que no le hiciesen sacar la lengua a mitad de camino.

Se podría decir que siempre fue un hombre de mundo, dicharachero, con afán de protagonismo aunque ni el mismo se diese cuenta, pero sobretodo, con una autoestima voluble que subía y bajaba con el son de las mareas.
Un día Sñr.Perro adoraba su estampa, se quería a si mismo, se vanagloriaba de todo lo conseguido durante reconocidos años de esfuerzo. Era capaz de creerse el rey de la selva e incluso danzar sobre la mesa de su despacho, sin vergüenza alguna ante las risas nerviosas de las compañeras de oficina.

Pero amigos, Sñr.Perro igual que subía, bajaba sin poder evitarlo, porque la soledad, esa que nunca conocía, se aparecía herméticamente amorosa con el transcurrir de los años. Y es que de jóven jamás dio importancia a los amores fugaces, esos que venían e iban sin dejar pena ni gloria, y que a él, se le antojaban importantes. Porque en realidad cuando estuvieron nunca lo fueron, pero al marchar, Perro Hortelano moría con el corazón en la boca sintiéndose solitariamente nuevo.

Sus relaciones amorosas eran un cortado, con don de gentes y verborrea para convencer al mismísimo Cristo de que vendiese los clavos de la cruz, Sñr.Perro conquistaba con tan solo una mirada, acompañándola con un exquisito silbar de palabras: “eres la luz que ilumina mi camino, siempre te he estado esperando ¿dónde te habías metido?, te soñé tantos años…” En su defensa he de decir, que él mismo ni se daba cuenta de que retahíla semejante eran ya frases hechas, que con los años había aprendido eran del agrado de todas las féminas, por eso ya no se complicaba la vida rebuscándose en la sesera piropillos nunca hechos, ¿para qué? Con lo fácil que era tirar de cuaderno.

Perro Hortelano era un amante in-fiel por naturaleza, porque cuando amaba regalaba hasta los huesos, pero sus amores duraban nada y menos, pues rápido llegaba su invierno y Perro, se sentía frustrado ante la incapacidad de pasión de la mujercita que tenía a su lado. Por eso esnifaba de flor en flor, absorbiendo a la hembra todo el néctar que pudiese darle en un tiempo record, pues aunque él mismo no se daba cuenta, lo que buscaba en verdad no era un alma gemela, sino tantas cuantas cupieran en su enorme corazón.

Las mujeres a su lado pasaban por tres fases justas y exactas, perdían hasta las canillas cuando Sñr.Perro enamoraba, se dejaban caer en un mar de pasiones y piropos, de sueños de arroz y velos blancos. Pero esté, veloz, perdía el entusiasmo cuando se veía amarrado con corbata en mano y novia al cuello diciéndole el “si quiero”, entonces es cuando Sñr.Perro Hortelano, desplegaba todas sus armas de no-caballero. Hasta que la moza terminaba loca de cólera y lo expulsaba de su vida a escobazos. Nuevamente he de alegar, que Don Perro Hortelano, no era consciente de tales menesteres, pues muchas veces la táctica era sutil y diferente, el silencio, sí, por que cuando a una mujer se la regala el silencio, está se queda sin habla por miedos, y comienza a plantearse: ¿necesitará tiempo, será correcto hablar, se aleja de mi vida, que está ocurriendo? Y así se despedía pañuelo en mano jurándola que la amó más que a su vida, pero que “las circunstancias hijas mías, es que no eran las propicias”. La tercera fase llegaba sin darse una cuenta, muchas lloraban, la mayoría lo odiaban, y algunas quedaban como amigas al comprender que Perro Hortelano bastante consigo mismo tenía.

Y es que Sñr.Perro en verdad buscaba, si, esperaba encontrarse en cualquier esquina con ese amor que no existía, porque había dejado pasar ya tantas almas suyas, que por muchas que se cruzasen en su camino, todas tendrían algún defecto encontrado para darse a la fuga cuan caballero francés.
Esto no era problema, sino fuese porque Perro Hortelano estaba convencido de que las culpables eran ellas, las féminas que no congeniaban, porque a las que amaba corrían despavoridas en brazos de otros, y las que lo querían, él, no podía quererlas. Y con razón, era un Don Juan del montón, pero con clase todo hay que decirlo, y con mucho mucho miedo al compromiso.

Perro era llamado del Hortelano por su afán en coleccionar amantes, pasaba de unas a otras como si de cambiarse de camisa se tratase, ¡válgame el cielo que comía y tanto!, pero cuando comenzaban las dudas y se retiraba nuestro truhán, lo que le comían eran los celos de ya no ser el nova más. Las féminas, cuando despertaban del fogoso abrazo se retiraban a nuevos mundo, y como allí conociesen otro caballero mal asunto. Pues Sñr.Perro se volvía Hortelano, y no comía por miedo al compromiso y fracaso, pero comer no dejaba pues cuando nuevos príncipes convertidos en ranas se acercaban, él echaba la zarpa y desenvainaba la espada: “la doncella es mía aunque no la quiera para nada”.

Y esta era la vida de nuestro amigo el Sñr.Perro del Hortelano, galán, truhán y caballero de yo nunca me caso.

Ahora bien y todo hay que decirlo, que como mi abuela decía siempre hay un señor roto para doña señorita descosido. Fue a encontrarse dicho galán con una damita de altos vuelos, llamada por sus antiguos amantes Señorita YoNuncaMe Enamoro solo soy pasión sin frenos. Sñrta.Nome Enamoro era una dama bonita todo hay que decirlo, inteligente, orgullosa y digna, vivía en el éxtasis de la pasión, amante sin perjuicios que adoraba el coqueteo y los primeros tiempos del amor.
Andaba siempre rodeada de truhanes que una vez planearon apasionados bajo sus faldas, pero que terminado el tiempo del “me muero sin tus besos”, pasaban a la categoría de “eres mi amigo y date con un canto en los dientes con esto”.

En verdad, Sñrta.Nome Enamoro siempre se enamoraba, la daban flechazos con algunos guapos mozos que pasaban, perdía el hilo de la cordura si es que algún día lo tuvo. Se movía entre las pasiones con amor brujo. La daba igual la distancia, las excusas, los compromisos, cuando quería conseguir a un señoritingo.
Envolvía con artes de brujeril fémina, palabras con caligrafía de señorita peripuesta, ojos de lechuza y pechos de algodón, atolondrados volvía a quien caía en su fogón.

Pasional y carismática daba hasta la vida, pero con fecha de caducidad cual yogurines pasados tras un tiempo los mordía. Sñrta.Nome Enamoro era toda una dama, que jugaba sin darse cuenta con los sentimientos de la gana, por reglar lo suyo regalaba hasta las bragas, siempre pensando que el truhán de turno sería para todo la vida, ella total y completa en sus brazos caía.

Pero hay amigos que la moza un problema tenía, y es que el no enamorarse era toda una salida, disfrutaba de los primeros tiempos de pasión, pero agotado el Don Juan de tanto amor pedía clama, y ella se aburría tanto que los daba la patada.
Ahí quedaban algunos a pesar de odiarla, besándola los pies por si ella se cansaba de coleccionar amantes, y decidía con algunos casarse.

Sñrta.Nome Enamoro buscaba al príncipe de sus sueños, el problema es que ellos tras los besos se vestían de sapos feos, o quizás fuese que ella pasado un tiempo los sacaba mil defectos: “este es demasiado viejo, aquel muy joven, este me gusta pero no se decide, aquel es mal amante, el otro pinta mal de traje”.
Lo que nadie sabía es que ella guardaba un secreto, y es que un día un joven mordió su corazón despierto, desangrada y sin vida se volcó por ese amor, y pasado los años lo idealizó. De tal modo fue a quererle que fuera incapaz de olvidarle, por eso buscaba en otros hombres aquello que una vez tuvo en el pasado, pero imposible de encontrarlo seguía dando tumbos entre tarados.

Fíjense ustedes como es la vida, que un fatídico día fueron a encontrarse por las causalidades de la vida el Sñr.Perro Hortelano y Sñrta.Nome Enamoro, y ambos al verse cayeron en la pasión de los ahogos. Tanto tanto sintieron de repente, que ambos pensaron que habían dado con el ideal del presente.
Y así comenzó el juego a ver quien podía más, pues bien sabía Perro Hortelano que podía ganar, utilizo en un principio galantería truhán, pero más tarde y ante las risas de Sñrta.Nome Enamoro se tuvo que callar.
Ella por su parte desplegó las plumas de mujer especial, pero Sñr.Perro tantas amantes tuvo que la veía normal.

Aún así y a su pesar, ambos necesitaban del otro, como si eslabones de cadena forjados estuviesen se buscaban el uno al otro, silenciaron las pasiones con amistad sincera, mientras él se la comía con los ojos y ella a base de poemas.
Sñr.Perro cayó en su propia red, hasta que ella le dijo un día: “ven perro y cómeme”. Entonces cayó en la cuenta de que ella se había enamorado, sin dar crédito a sus pensamientos frívolos y anticuados.

Sñrta.Nome Enamoro tan solo buscaba pasión, el amor era prohibido para una dama sin corazón, aún así se volvía loca y marchita si su Sñr.Perro se la escapaba, pensaba muy digan ella: “bah él se lo pierde, menuda lata”
Cuando en el fondo deseaba caer entre sus redes sin falda.
Así jugaban semana tras semana estos dos listos amantes, atándose corto para no desmayarse, lo que pasó u ocurriría no lo se ni yo, aún siguen jugando al perro y el ladrón, más tan solo soy narradora de la historia, amiga de ambos y mera observadora.

Segundas partes dicen nunca fueron nuevas, pero yo deseo ver que es lo que acontece la buena, ya seguiré relatando la increíble historia de estos dos, que se buscaban y despreciaban uno por miedo y la otra por desamor.

Iraunsugue Eternia

20 may. 2008

Espíritu de libertad


Amarráis su cuerpo a la tierra para que no surque los sueños, pero ella besa la arena con el triunfo del momentáneo reposo. Atáis sus manos con cuerdas para que no despliegue las velas en busca de su destino, mientras las olas se embravecen de rabia y la marea sube acariciando sus pies.

Acordonáis su espíritu con la excusa de la seguridad, sin comprender que ella necesita estrellarse contra las rocas mil veces más. Hacerse mil pedazos y reconstruirse de nuevo. Porque esa sensación de dolor es lo que la hace crecer, aprender a valorar cuando son los peces quiénes guían sus pies.

Os dedicáis a tirar sobre ella cacharros viejos, pretendéis embarrar su vida con mentiras, hipocresías, envidias y descontentos. Pero sois vosotros los que no comprendéis, que ni las cuerdas serán capaces de retenerla eternamente en la playa, que de nada sirve contarla batallas, ella ansía sentirlas y experimentarlas. Ha aprendido a deshacerse en el camino del equipaje pesado, aquel que la hace aminorar la marcha y anclar lo amado.

No se puede pedir al viento que deje de soplar, no a la barca que no añore el mar, no la pidáis a Eternia que deje de soñar, ella es libre, es imposible atar su alma, erróneo condenarla a pisar tierra firme sin verla marchitar, absurdo amarla e impedirla volar.

Soy un espíritu de libertad.......

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Playa del Postiguet (Alicante) Enero 2008

19 may. 2008

Abre la puerta en silencio


¿Puedes hacerme un favor?

El día que vengas, abre despacio, cuélate en mi vida sin sobresaltos, porque han pasado tantas cosas en estos años que, bueno, vestiría mi lengua con dagas para el encuentro.
Entonces será mejor que abras la puerta en silencio y me enredes lento…

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Ceutí (Murcia) Abril 2008

Pelusa del alma mía


Quemaba las tempranas horas con el sol de la mañana, sentada sobre el cálido cristal de aquella mesita redonda, atisbaba con ojos de mar los cotilleos mañaneros de las vecinas que recorrían las calles en busca de los huevos frescos, el pan de la esquina y las lechugas frescas de la verdulería.

Observaba la vida con aire resignando, como si aquellas paredes no pudiesen atrapar más que su cuerpo de plumero blanco, a veces, si la mirabas fijas, podrías jurar que soñaba con tiempos pasados. Puede que recordase en su memoria gatuna aquellos años cachorros, en los cuales se aferraba con uñas débiles a los troncos de altos pinos, o las correrías adolescentes entre los huertos vecinos.

Cuando Lorenzo marcaba su paso de fuego frente a la ventana ella se escabullía entre las sillas del comedor en busca de un lugar fresco, podías encontrarla bajo una colcha de invierno, o estirada toda ella sobre el toallero. Dormía las horas en sueños profundos, emitiendo ronquidos hondos con nariz diminuta, cabeza vuelta y ojos en blanco, era gracioso ver como pasaba sobre su cabeza el rabo, cual abanico grisáceo que ocultaba mirada felina, dormía, dormía, a todas horas dormía.

Pelusa era comparable a una princesa encerrada en torre de marfil, con comederos rebosantes de caprichos, y una mano que abría el grifo, la nevera y las puertas con un solo maullido. De pasear tranquilo, de reina olvidada, Pelusa recorría en la oscuridad los pasillos que de ojos rojos alumbraba, y es que de noche se volvía pícara gata activa, y comenzaba el baile de te muerdo si me pillas.


Habría tantos momentos que recordar junto a ella, que albina reina se hubiese merecido un solo libro para ella, pero el más especial siempre fue esté instante, cuando yo escribo sonante y ella, junto a la ventana, caza sueños de levante.

Iraunsugue Eternia


Fotografía- Pelusa en la ventana, Alicante Noviembre 2007

Muñequita de trapo


Fruncidos ojos de verde albahaca, remendados labios de rojo carmín, pelo de mil colores, de lana enredada sobre su propio eje que de mil vueltas flequillo al viento, corto, muy corto con el pulsar de las tijeras me peino.
De olvidados retales me hice la falda, tablas fruncidas de azul violáceo, de cuero rancio las botas que calzo, pañuelo lutado camiseta que estampo.

Me han cosido los vértices para que no me rompa, y las arañas tejen en mis miembros su hogar, melancólicas cantan mientras fruncen los puños y alargo los dedos de hilvanados hilos, pinta la noche mi rostro de tejer antiguo.
Muñequita de trapo rellena de esparto y donde debiera estar un corazón, tan solo llevo una cuna de ratón, que devora mis entrañas royendo pequeños pechos de algodón.

El cerebro de sueños, la piel de trapo, los besos de seda que con aguja grabo, me cosen la vida tramo a tramo, mientras se rompen los hilos en el placer que hallo.
¿Quieres que juguemos? Seré tu muñequita de trapo, pero si pincho y daño, no odies mientras te veo sangrar, que tan solo son agujas que en mi cuerpo olvidaron desmembrar.

¿Quieres que juguemos? Pienso, siento y amo, a pesar de ser una muñequita de trapo.

Iraunsugue Eternia

Alma y el hombre de sueños.


Aquella noche Alma encendió un cigarrillo de forma poco habitual, a su lado tenía un mechero de color rojizo que trasparentaba el gas líquido, pero ella, sumida en sus pensamientos rebuscó entre los cajones, las historias y el pasado una caja de cerillas.
Quería prender la noche solitaria con aquel instrumento pasado, raspar el delicado material contra el fósforo y no al revés, para producir aquella llama cálida, que aunque pequeña, era capaz de iluminar la noche que se había colado intrusa en sus pensamientos.

Sentía la soledad recorrerla por dentro, amante fiel que realimentaba de los sueños perdidos, de las metas buscadas y aquel mundo interno rico de metáforas estrafalarias que salían sin ton, ni son, cuando ella más tranquila estaba.
Sentada en aquella butaca sencilla, con las piernas cruzadas sobre si mismas exhaló el humo grisáceo que se perdió en la bruma nocturna del cuarto. En aquellos instantes pensó, que era difícil vivir en estos tiempos y ser de otras épocas.

La hubiese gustado nacer los tiempos de la pasión, sí, porque hoy en día, la gente parecía vivir apartada de los sentimientos y emociones, cuadriculadas mentes que se movían en pos de los propios intereses, olvidando el bullir del sentir interno, incluso, del externo.
Máscaras fijas sobre rostros nublados por la desidia que se amargaban los años amasando riquezas, deudas y que apostaban al interés más alto, para pasar su vida atados a una entidad bancaria.

Alma fue a nacer en los tiempos del desamor y los divorcios rápidos, en los años en los que la amistad era considerada un regalo, porque ya nadie conocía a nadie, y tener un amigo, uno de verdad, era todo un tesoro. La humanidad se unía con hilos de despego, para robarse la energía unos a otros, y hasta el querer tenía su precio, ya nada era gratis, ya todo se pagaba o compraba con algo.

En cambio ella parecía haber quedado recluida en los años del amor sincero, en esos en los cuales la distancia era tan solo kilómetros, no trabas que impedían un beso, no excusas con las cuales alejar el abrazo de los amantes. Ella nació creyendo en los príncipes guerreros que vestían capa y sombrero, que eran capaces de mover el mundo sobre un corcel negro. Pero hoy en día, los príncipes solo eran personajes de cuento.

Las relaciones se basaban en tanto tienes tanto vales, amar no era compartir el alma, sino hipotecarse juntos. Por eso llegó a la conclusión de que no era de este mundo, o sí, y simplemente alguien se equivocó mandándola a la época equivocada en un siglo que no era el suyo.
Por que había crecido con la estúpida idea de que por amor se podía morir, pero que era preferible vivir amando, que en el querer se daba, pero también se recibía, que el amor era compañero de risas y fatigas, no una deuda que se contraía.

Por eos se enamoró de él, porque para Alma era mucho más fácil amar a un hombre de sueños que caer rendida a los piés de un caballero sin espada, que abría la puerta y después metía con falsedades y mentiras la puñalada.
Partiendo de la idea de que su mundo eran los sueños y la realidad ese aburrido terreno mortal, ella prefería pasarse las horas soñando con un desconocido que seguramente nunca estaría por llegar, que deshojar margaritas por alguien que aunque físico, no compartiría ni en el más remoto de los casos las ideas de amor romántico y bohemio con las cuales ella había nacido.

Eran malos tiempos para los soñadores, aún peor para los valores férreos como lo suyos, pero aún así, ella, no podía dejar de soñar. Por eso le escribía cuentos, por si el destino, las casualidades o causalidades de la vida jugaban un día a su favor, y él terminaba por toparse en cualquier esquina de este remoto lugar onírico con su presencia.
Siempre podía mostrarle aquellos cuadernos garabateados de recuerdos nunca vividos, y decirle tierna mientras susurraba a su oído.

-Ves, siempre estuviste conmigo, por eso jamás deje de escribirte, aunque aún no nos hubiésemos conocido.

Iraunsugue Eternia

16 may. 2008

De Amores, Pasiones y Tiempos


-Debo decirte una cosa –comenzó a decir –creo que tenías razón.

-¿Cuándo? –preguntaba él sorprendido.

-Cuando dijiste que te habías equivocado y que en verdad no me querías.

-Pero no es así, lo que quise decir es…-intentó explicarla.

Ella cerró sus labios con la yema de sus dedos, bajó la mirada y comenzó a verter sentimientos, sobre las oleadas incoloras del tiempo.

-Se lo que quisiste decir, y es que ayer aprendí que en verdad la pasión juega malas pasadas al corazón, lo hace tambalearse de tal modo que cuando creías amar tan solo era una quimera inventada por el fuego que ardía deseoso de extinguirse entre los cuerpos –hizo una pausa y lo miró sincera –por eso siempre es el tiempo quién nos comunica cuando se amó. Por qué para mí el amor no muere hoy, ni mañana, nunca muere, pero la pasión, la pasión se esfuma.

-¿A qué te refieres?

-Cuando te conocí, había tantas casualidades que terminé volviéndome loca de amor por aquello que creía que eras, pero tan solo era la pasión que arrebataba el alma. Te tuve, me tuviste, nos amamos unas horas y al marchar, el sabor de tus besos aún embriagaba mi piel. Pero según pasaron las semanas, cuando dejé de tenerte, me dí cuenta de que en verdad nunca te había querido.


-¡Pero yo si te quise! –exclamó él un tanto enfadado.

-Y yo a ti, pero como tú me querías a mí, para ese instante, porque en verdad nunca fue amor, tan solo pasión.


-¿Cuándo te diste cuenta de todo esto? –la preguntó sin entender nada.

-Supongo que ayer, cuando al dirigirme a ti lo hice de una forma cariñosa e incluso infantil, sentí mucho cariño hacía tu persona, pero no amor, y era por que la pasión entre ambos se había esfumado.


-Y después de esto –gritó con furia –sabrías decirme si has amado alguna vez.

-Sí, una, y a veces dudo que vuelva a hacerlo…el amor no se apaga con el tiempo.


Iraunsugue Eternia


Fotografía-Paseo del Puerto de Alicante, Enero 2008

15 may. 2008

Una Meta...


Ha salido triunfante del aula con los apuntes en la mano, no ha hecho falta mirarlos, ni dedicarlos tan siquiera un leve gesto de sus ojos para saber que todo había salido como esperaba.
Buenas notas, muchas buenas notas y aunque aún la quedan enredadas en la matrícula ciertas asignaturas, ella sabe que conseguirá aprobarlas.

Se centra en el mar que se extiende tranquilo a lo lejos, los últimos rayos de sol se recrean el vuelo esmerado de lejanas gaviotas.
Sonríe…a por todas.

Se siente segura de si misma, confiada, y recuerda tiempos pasados de libros pesados sobre sus manitas de niña de ocho años, “Cien años de soledad” y Márquez comenzó a ser el punto divergente de lo que ahora ella escribe, mentor en los silencios de las palabras escritas, en las cuales ella se vio siempre reconocida.

Vuelve a casa, entra cantando alguna estúpida canción de rock olvidado, tropieza con el plumero blanco que maúlla a su paso, corre por el pasillo, la gata asustada la mira desde el cerco de la puerta del dormitorio.

Se deja caer en la cama, busca el móvil y escribe las nuevas a 400km de distancia, 600km, no llega más lejos, se queda ahí, esperando respuestas de chocolate fundido en manos traviesas que plantean un futuro prometedor.

Un paso, una meta, ya lo tiene, dos pasos, más metas, a por ellas….

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Playa de Urbanova (Alicante) Febrero 2008

14 may. 2008

Próxima Parada


Salgo, si, a pequeños pasos ágiles, intentando esquivar la marabunta de gente que se extiende vagabunda por la acera, piso grisáceo de losa antigua, observo las pisadas de los tiempos, saliva reseca de flemas pertenecientes a los transeúntes, chicles, grietas, chismes.
Alzo la mirada a lo lejos, el bus se acerca temeroso hacía la acera, la gente se aparta formando una irregular fila de almas, que aprietan y aprisionan los cuerpos.
Los más ancianos como estelas del ayer se acercan tímidos y apagados a las puertas, que se abren con un sonido ronco de aire vacío.
Me cuelo entre el carrito y el señor que acarrea la compra del mes en amoratadas manos que sostienen multitud de bolsas, paso la tarjeta y escucho el pitido y la respuesta sonámbula del conductor a mis “buenos días”.

Me abro paso entre la gente hasta el final del camino, tropiezo con bolsas, pies, personas que se aferran a las manillas de hierro forradas de huellas, consigo hacerme un hueco en el canal de olores sudorosos, mezclados con fruta reciente, maduros perfumes, embriagados almizcles de cuerpos cansados, sexo, sudor y tabaco.
Me siento al final de la fila, escondida tras la coraza de mis propios pensamientos, impidiendo que nadie se gire, tan solo allí, aferrada a mi bolso sintiendo el vibrar de las llamadas corrientes en el bolsillo delantero.

Aspiro, me ahogo y sostengo la mirada en el millar de personas que forman aquel espectacular universo en miniatura de vidas y culturas. Caigo en la cuenta de la organización inexacta de los que allí pastan pensamientos hasta llegar a su parada.
Se dividen en tres clanes bien formados, observo, pienso, callo.
La primera línea del frente, compuesta por mujeres de mediana edad, ataviadas con enormes gafas que ocultan el rostro, peinados de manos expertas, bolsos con nombre propio, móviles que suenan, algún niño de la mano.
Se vuelven cabeza alta hacía la segunda fila, miradas inquisitivas hacía el grupo de ancianos que se sostienen unos contra los otros, acarrean enormes carros de ruedas gastadas, el peso de su propio peso por años que van carcomiendo la vida.
Bostezan, comentan, se bajan de la mano, como una encadena de eslabones cansados.

Yo al fondo, último soldado de aquel batallón de combate contra el destino incierto, delante de mi puesto se amontonan colores distintos, ojos rasgados, trenzas trazadas en largos cabellos caracolas.
La muchacha de al lado sostiene a un bebé de menos de dos años, piel aceituna y ojos oscuros, me observa, lo miro, ambos sonreímos, mueca lactante del capricho. Juguetea con las manos hasta atrapar el pañuelo, que cubre la larga melena de noche de quién le trajo a la vida. La muchacha avergonzada mira a su alrededor, la siento temblar a mí lado, como si se tratase de un pecado aquella visible melena de sirena oriente.

-¿Te ayudo? –pregunto.

Sonríe, me deja al niño sobre mis piernas que se entretiene con mis pulseras de plata barata, mientras su madre pasa el velo sobre su cabeza y vuelve a formar el nudo preciso que encaja su bello rostro. La paso al bebé nuevamente a sus brazos, me observa agradecida. No hablamos, tan solo muecas, ojos que se escuchan, palabras sin sentido, se baja en la siguiente parada con aquel dulce niño.

Suspiró, me abstraigo….

Quiero hacer ese curso, lo necesito para mi currículo, tengo que conseguirlo, pienso una y otra vez, hasta hacerme duela de mi propia locura y caer en la cuenta de que ya hice todo lo que podía hacer. Doscientas personas, treinta y cinco plazas, está complicado, tengo que conseguirlo, llamaran, llamarán, ya lo verás…me digo a mí misma.
Pierdo la conciencia del tiempo y me vuelvo espacio, entre una fortaleza de adoquines negros atestados de público, telón de acero, granito y ladrillo, gris, ciudad gris…

El polvo come los edificios el salitre del mar se hace dueño del hierro, carcome los corazones, personas tristes, amargas, nadie sonríe, todos corren, parecen zombis…
Intento no pensar, pero vienen de nuevo, latigazo agreste contra los recuerdos, necesito escapar, el metal me come, aprisiona mi alma en está ciudad sucia, no hay salidas, no, no hay nada.
Recuerdo, recuerdo, recuerdo….me abrazo al sutil verdor de un olvidado arbóreo que consigo conquistar con el surcar de mis pensamientos a lo lejos….mis Pirineos.

Me fundo entre el paisaje oscuro y taciturno de los días mediocres, vuelo lejos, muy lejos, paseo entre los bosques de milenarias hayas, me hago parte de cada riachuelo, del canto de los pájaros, me sumerjo el la frialdad de las montañas nevadas, caldeo mi cuerpo frente al fuego, sostengo firme entre mis manos la cuajada, sabores, olores, todo me falta.

Despierto….

Un hombre grita a una joven de oscura piel que se baja dando voces, ella hablaba muy alto, a él le molestaba su timbre de voz, o sus anchas caderas, o su color, vaya usted a saber. Me refugio de nuevo, miro a la chica tras el espejo, se baja del bus y sigue su camino desproticando contra aquel desconocido.
El desconocido vocifera levantado haciendo extraños aspavientos…que miedo.

-Vete a tu país –grita colérico.

Todos los de la tercera línea nos volvemos, ¿qué dice?, ¿está loco?...que no lo diga, pienso nuevamente.
Se vuelve con aires de grandeza, ostenta un traje de caro precio, zapatos impolutos, nosotros, los del fondo, los inmigrantes, callamos al unísono, el desconocido lee la rabia en la mirada, pero aquí, en la tercera línea de pobres, parados y lejanos viajeros, tenemos más clase.

Pienso, ¿qué hago aquí?, no me parezco a nadie, mi piel es blanca como la leche, quizás ahora tostada de primaveral sol, ojos verde albahaca, pelo…depende el color de la temporada, ahora rojo intenso.
Yo no soy de fuera, pero tampoco de aquí.

¿De dónde soy?

No consigo contestar a la pregunta, por eso me siento con los sin tierra, porque en verdad siempre me sentí de aquella urbe que me vio nacer, cuando estoy lejos, muy lejos. Pero al llegar ya no recuerdo nada, y ni el asfalto me es familiar, hay recuerdos, tan solo eso, en aquella vieja ciudad. Viajo nuevamente por todas las comunidades que visité…no, no fui de ninguna parte, y en verdad no se muy bien a donde voy.
Por eso me siento allí, con los sin tierra, o más bien con los que vienen de fuera, porque al menos ellos, ellos, tienen tierra, yo….tan solo recuerdos de mil montañas lejanas.

Pulsó el botón, se enciende la luz “próxima parada”, lamento, me bajo, camino con prisas, abro la puerta, saludo al jardinero, sigo avanzando, escalones, segunda puerta, más escalones, ascensor, suspiro, se para, me bajo de ese maldito cacharro que tanta angustia me genera, giro la llave, entro en mi casa.
Me invade el olor a incienso, dejo caer el bolso, las prisas, la ciudad gris, la vida, las preguntas, a mí…escucho un leve maullido, me vuelvo, mi gata me recibe con aires de princesa encerrada, se sube sobre mis piernas cansadas, la abrazo…termina mi jornada.

Iraunsugue Eternia


Fotografía-Puerto mercante de Alicante, Noviembre 2007

13 may. 2008

Alma de Musa


Surca con el pincel los voluptuosos trazos de su cuerpo, postura incolora que toma forma sobre los pliegues del papel basik grueso.
Y el gouache es tan solo la máscara con cual la viste para el real mundo donde ha nacido, ya que más allá de todo aquello es tan solo un pensamiento onírico.

La modelo suspira cansada:

-¿Has conseguido ya captar el alba?

-No puedo, nunca se puede atrapar tu alma –comenta el artista.

Y ella se vuelve etérea al convertirse en musa de cielo y tinta, él la deja escabullirse entre la mañana, mientras cae fatigado el pincel de los sueños con cual la pinta.

Iraunsugue Eternia

ILUSTRACIÓN: Diegotxe M.S.

12 may. 2008

Oye tú, ¡que me gustas!

Si mal no recuerdo, en mi vida solo he reunido el valor suficiente para declararme al chico que me gustaba, en dos ocasiones.

El primero era un compañero de clase, adoraba sus ojos verdes y aquel cabello azabache alborotado y sudoroso que él peinaba hacía atrás cuando jugaba al fútbol, en el patio del colegio.
Llevaba suspirando dos años por aquel chico flaco de larguiruchas piernas, que se sentaba al lado de la pija de clase. Por eso aquel último día de curso lo llamé aparte y acerté a decirle que me gustaba, mientras intentaba calmar las ansias por salir corriendo y las mejillas me ardían de un color carmesí intenso.

Su respuesta fue clara, concisa y rotuna:

-No.

Se marchó de allí a largos pasos con el balón de reglamento bajo el brazo, y yo quedé sola entre un millar de gente, deseando que aquel fuese el último día de mi existencia.

Un mes más tarde, un muchacho con acento vallekano, ojos de mar y largo pelo de noche, me robó los primeros dulces besos de mi adolescencia, mientras entonaba en una imaginaria guitarra eléctrica desgarradores gritos de rock agónico, y me susurraba al oído que yo, siempre sería su pequeña estrella.

La segunda ocasión en la cual luché contra la vergüenza y me declaré a un hombre, ya vestía de rimel y calzaba tacón de aguja.
Pasé cinco horas midiendo las palabras que escribiría en aquella carta, hasta que al final un error informático me llevo a enviar dos mails con distinto final, para gusto del consumidor.

Esta vez y al no tenerlo presente, el chico se tomó 24h para contestarme, como era de esperar y tratándose de un caballero, su respuesta fue amable y limada de letras dañinas.
Pero nuevamente volvieron a decirme:

-No.

Después de aquello intenté volver a la normalidad, haciendo que nada había ocurrido, pero él parecía alejarse de mi persona cada día un poco más, dejó de llamar, de escribir y yo alegué por el, que estaba muy ocupado. Se apartaba de mi lado, como si los kilómetros que nos separaban, no fuesen suficientes.

La primera vez que un chico me dio calabazas, me juré a mi misma que pasarían muchos años hasta que volviese a dar el primer paso, cuando se me olvidó aquella promesa, me declaré al segundo. Midiendo los tiempos, las coordenadas de mi vergüenza y el mal trago que pasé viendo mi orgullo por los suelos, decidí cerrarme en banda y no volver a formular preguntas.

De esta forma me evitaría el bochornoso momento de verme a mí misma con cara de estúpida en el primer espejo.

Iraunsugue Eternia

9 may. 2008

¿Esposas?


En los días lluviosos del levante me da por pensar, mientras observo la rebeldía del mar en el horizonte, si alguien, alguna vez, será capaz de esposar mi espíritu y retenerme a su lado.

Soy tan volátil que se me antoja imposible dejar de volar en solitario…¿quién iba a ser capaz de amar a un colibrí? ó aún peor, ¿por cuánto tiempo aman las luciérnagas? ,
¿sería capaz el agua de retener el vuelo de la libélula?, ¿y dejarse domesticar una potra salvaje?

Iraunsugue Eternia

8 may. 2008

Tira la cuerda y esconde la mano


Entóname niño las palmas, que cante por mí la guitarra,
que esconda la cuerda las notas
que de silencios marcan en punteos mis dedos.
Qué hable la música a ver si despierto,
que la realidad choca hay maldita de nuevo.

Cantaré lluvia que engarza miradas,
que no quiero ver aquello que extraña.
Que finjo no importa que falten palabras
que de música lleno las horas tardas.
Me impulsan verdades a medias contadas,
que la respuesta ni quiero ni espero.

Que hoy solo niño me entone baladas,
y al amanecer de claves de mi vaciadas,
que al anochecer dijeron absurdas palabras.
Cántame los versos que no debí escribir
hazme suspirar porque se pude mentir.

Pero si escondo las blancas de sentimientos
las guardo negras en corazón pequeño.
¡Ay! que quema pentagramas que pude ignorar
que sugestione las voces para no cantar.

Y si canto huye de ti la mirada,
y si silencio,
soy yo la que no podría mantenerla clara.
Entiende pues que me esconda hoy
como si no hubiese dicho nada.
Entiende pues que hoy,
no te toque las palmas.
Que esconda los sentimientos
tras mi guitarra.

Iraunsugue Eternia

7 may. 2008

Tras las hojas del limonero


Siempre la fue más fácil esconderse tras las hojas de limonero, que admitir que aquello era cierto.

Por eso se sugestionaba para no sentir, porque la respuesta la sabía de antemano y lanzarse sería topar contra un muro de realidad a la cual no estaba dispuesta a enfrentarse.

Mejor seguir tras las hojas verdes, verdes como sus ojos, verdes como la esperanza que había perdido, verde que te quiero verde….

Al fin y al cabo, las respuestas a la pregunta no formulada estaban claras.

Iraunsugue Eternia

6 may. 2008

¿Quién...?


Él era de hierro, ferraia pura…Ella, de agua y viento, voluble, muy voluble.

Por eso, Ella siempre había creído que nada podría nunca con él, pues siempre se mantuvo firme ante las adversidades del tiempo y el espacio. Pero contra lo que nadie está preparado para luchar es….la soledad.

Sí, maldita soledad que corroía por dentro royendo el órgano vital, dejándolo de impuras lágrimas amargo, de horas solitarias en aquel ocre sofá, hasta llegar la noche, y marchar los cuervos…al día siguiente vuelta a empezar, soldaba su vida a los minutos que pasaban lentos, muy lentos…

Aquella noche ella no pudo creer lo que ocurría, él se fundía entre sus manos, se volvía caldo hirviendo de material incorrupto. Tembló, pues siempre fue él quien la sostuvo a ella, pero esta vez, él era el llanto y ella la cuna.

Y él, mientras sorbía las penas en los brazos de la amistad, tarareaba esta canción…

En esos instantes, ante aquella nueva situación ella se preguntó:

-En verdad, ¿quién sostiene a quién?

Iraunsugue Eternia