31 ago. 2009

Borradores de El Mundo Espigón


Te sabía agazapado al costado del alto muro, diminuto en cuclillas te afanabas contando las estrellas fugaces rotas contra el suelo, aspirando su último suspiro, alimentando de la esencia universal que atravesaba tu piel candente, y los ojos te lloraban estelas que derramaban en un color violáceo el esplendor de las penas contra la tierra reseca del limbo. Te llamé desde el otro intentando amarrarme a las coordenadas imprecisas de las rocas, pero las aristas del alma me volteaban al cielo cayendo una y otra vez en un remolino opaco que me impedía escalar hacía abajo y cogerte la mano. Eras tan pequeño Tristán, que la tan sola idea de acunarte y amamantarte de mis cuentos me producía una satisfacción maternal más allá de cualquier vicio mundano. Pero el eco de mis pensamientos me impedía oscilar en tu mundo, nos separaba la realidad constante de aquella ciudad de ninguna parte donde tú te encontrabas, y mi puerta al mundo deformado en el cual me hallaba. Pasé los dedos por la rugosa estructura de la pared, avivando la llama de mi corazón achicado de aguas noctámbulas y saliva de mar. Como una gata en pleno delirio me lancé contra la espina dorsal de aquella estructura ósea de metros arriba, llamándote a gritos, sabiéndote perdedor de esperanzas y escritor de ilusiones pasadas. Me volví futuro y crecí sobre mis alas, despuntando el pecho y acaeciendo el dolor de ovarios que me hacían mujer, menstruando por los párpados ungí la catástrofe de nuestros destinos y rompí en añicos con la mente cada una de las cuchillas que pisaban tus pies desnudos.

-Sigue la senda de la oscuridad –te escribí en sueños –más allá del camino creo que podremos encontrarnos.

Porque llevabas días allí postrado, en tu afán de volverte niño humano y saborear las delicias mundanas. Pero me hiciste caso y te abrigaste al amparo de la noche siguiendo la oscuridad marcada, sólo podía escuchar la respiración entrecortada de tu corazón, mientras que los latidos de mis pulmones se acompasaron a tu ronroneo minino de espíritu lejano.

-Al final Tristán, en el espigón –te escuché sonreír diminuto, con guturales sonidos que te hacían tan solo un bebé de menos de dieciocho meses que pataleaba sobre sus pesadas piernecitas arrastrando una camisa oscura rota de adolescencia.

Me incliné para ascender por la superficie rocosa y me senté en lo álgido de la muralla, tu calor embravecido de fuego me tomó por sorpresa cuando tu pecho desnudo de hombre se reflecto de piel pálida bajo los rayos lunares. Te sentí cerca, pero el miedo a moverme y perderte me dejó varada en un sin sentir mirando al océano profundo que rompía contra nuestros pies.

-Pensé que no vendrías –susurré uniendo mi naricilla en tu pelo. Pero como de costumbre te limitaste a callar bajo la serenidad melancólica de tus ojos de noche, lamiendo el salitre de mis palabras como un perro sediento de mí. –Tenía miedo de que fuera la última noche.

-Miénteme –te escuché decir mientras apartaba los mechones rizados de color fuego pegados contra mi tez –miénteme y dime que me amas.

Escupí a bocanadas el fango del fondo marino y aspiré con fuerza tomando aliento, olisqueando el aire rejuvenecido de los bosques frondosos que se escondían tras las murallas. Tu calor me atrapaba ardiendo en mis entrañas, quemando con un fuego irresistible el corazón menudo, haciéndome de llamas me ensucié en su espíritu difuso, besándole las manos de yagas, queriendo vaciar tu cuerpo para introducirme dentro y ser la estructura de tí.

-¿Qué te mienta? –la voz sonó apesadumbrada, hasta que mi cerebro o mi alma pudieron entreabrirse de nuevo al sueño y comprendí lo que me estabas pidiendo. –No te quiero, ni te espero, ni te sueño, ni te amo.

Te dejaste vencer sobre mi cuerpo, impidiéndome respirar sollozaste contra mi pecho menguando en estatura, dejando de ser el hombre adulto que ahora conocía para volver a resurgir en un quinceañero asustado y tímido, consumido de amor.

-No es eso lo que te he pedido.

-Sí, lo has hecho, me has pedido que te mienta y yo…te he mentido –Cerré tu boca prieta contra mis labios, dejándome rodear por sus brazos menudos de niño de tres años.

-Calíope…me estoy muriendo.

Iraunsugue Eternia


P.D. Borrador de "Crisálidas al Viento" y los niños de El Mundo Espigón. 2009

Fotografía. Tossa de Mar Febrero 2009