9 jun. 2008

Arual y su amor de Kefir


Arual podía nombrar varias formas de destruir el mundo, lo había visto en las películas, aunque estas por lo general, cuando se hablaba de catástrofes mundiales y chicos guapos americanos que salvaban a la humanidad no eran de su agrado. Prefería las “paranoicas”, como ella solía llamarlas. Aquellas que surgían de unas vivencias escalofriantes, de un alma buscadora, de un guionista con traumas infantiles que se recreaba montando puzzles de recuerdos, de sueños y anécdotas vividas en su recorrido de escritor frustrado y visionario fuera de época.

Las historias de amor turbulentas eran lo suyo, aquellas en las que dos personas están destinadas y luchan contra su propio destino. Como en un intento de no enamorarse por los miedos y la frustración a que este sentimiento se trunque en odio, rabia, melancolía, y terminar viendo pasar los años recordando a esa persona que se cruzo un día por tu camino, y a la que inevitablemente te es imposible olvidar.

La gustaba aquellas en que ambos intentaban no mostrar los sentimientos, en las que todo se escondía bajo los silencios, y ambos podían leer lo que los labios callaban en la mirada del otro.
Se emocionaba cuando el desenlace parecía claro, él se dejaba llevar por su afán de no comprometerse, y ella por el de no perder el corazón en esta extraña jugada de egos y demonios. La gustaba cuando el guión parecía desmoronarse e inimaginablemente terminaban juntos, por que así debía de ser, por que ese era su destino.

Cuando sacaba el DVD con máximo cuidado solía quedarse mirando aquellas líneas que tan solo se percibían a contraluz, como si de un viejo truco de magia se tratase. Esos surcos eran como las que cortaban sus manos desde el día de su nacimiento, las miraba una y otra vez, intentando adelantar que la deparaba el destino, pero sobretodo, como y de que manera, conocería al hombre de su vida.

Al acostarse solía recrearse en aquellas imágenes, pero sobretodo, y lo que más la gustaba, eran esas conversaciones entre dos personas que no parecen decir nada concreto. Y que en verdad, mediante juegos de palabras se lo dicen todo, jeroglíficos de amantes, solía llamarlos. La gustaban los hombres inteligentes que sabían encontrar la sabia de las palabras, no quedarse con lo que Arual decía, si no sumergirse en ese mundo interno hasta encontrar la clave, la llave, y abrir la puerta de los sentimientos. Pero esto era difícil, y la mayoría solía mirarla como no comprendiendo, a sabiendas de que algo más quería decir con ciertas insinuaciones, pero sin llegar a entenderla del todo.

Se había acostumbrado a escuchar la misma historia de siempre: “eres demasiado complicada, nunca consigo llegar a conocerte del todo, eres una caja de sorpresas”. Y era cierto, por que así era ella. Como el maletín de Mery Popins, nunca sabían que podía sacar Arual de allí, podían pasar años, y nunca se la llegaba a conocer del todo. Pero eso la gustaba, lo consideraba una de sus virtudes, ser una pequeña caja de sorpresas, al menos, nunca se aburrirían con ella.

Era por eso que normalmente era ella la que decía adiós a las relaciones, por que no la gustaban los hombres dependientes, esos que dejan de irse con los amigos cuando comienzan una relación, a ella, la gustaba hecharles de menos. La seguridad en si mismos era importante, por que ella era una persona voluble y un día podía estar en la cima y otro en los infiernos, y necesitaba un hombre que supiese mantenerse en plano medio, y no se asustase cuando ella limpiaba sus lágrimas y le proponía ir a correr aventuras.
Soñaba con que algún día ella también encontraría otra caja de sorpresas, una a la que unirse y crear un pequeño circo, donde nunca se sabe que número viene ahora, ni si saldrán leones o payasos. La risa, el positivismo, la armonía entre las voces para Arual era importante, por que si no podía reírse a su lado, el aburrimiento llegaría antes, y con él, la necesidad de cortar la cuerda y mecerse libre.

Tras romper una relación Arual escribía en un papel algo que la gustaría formase parte de la personalidad del hombre de su vida, lo guardaba en una bolsita roja con un corazón y su nombre bordado, el de él, ya lo bordaría el día que lo encontrase. Y si no lo encontraba, no pasaba nada, llegaría a la conclusión de que los hombres tenían razón, y ella había venido de otro planeta, el cual por supuesto no era Venus.

Arual nunca quiso al hombre perfecto, ni de niña la gustaron los cuantos de príncipes azules, lo que a Arual la gustaba eran los valientes guerreros que no se dejaban conquistar por cualquiera. Pero lo que aún no tenía claro, era si en el fondo ella misma se veía como esos guerreros, o como la chica de mirada hipnótica que conseguía hechizarlos y hacerles perder al cabeza.

El problema surgía cuando Arual soñaba, y no despierta como acostumbraba, sino cuando sueños premonitorios venían acosándola en las horas nocturnas, siempre antes de conocer un amor. Arual soñaba donde le encontraría, de que forma y lo que sentiría, a las pocas semanas, el chico en cuestión aparecía. Esto era un dato a su favor, siempre jugaba con ventaja, ¿dónde estaba el problema?, a las pocas semanas de comenzar a tener ese sentimiento romántico los sueños volvían, y la susurraban la forma en la que terminaría aquella relación. Empezar una historia de amor sabiendo la fecha de caducidad era todo un problema, ¿como explicarles que no podía enamorarse?, que sabía el día exacto en que aquello terminaría.

Siempre había sido así, y era por esto que confiaba ciegamente en aquellas visiones, creía a pies juntillas de que el día que se topase con el hombre de su vida, los sueños se lo revelarían.
La duda comenzó a surgirla una noche, cuando expectante se dio cuenta de que con este hombre no había soñado su llegada, ni mucho menos con su final. Esperaba ansiosa que se la revelase al caer sus ojos y dejarse mecer por Morfeo, le veía, le acariciaba, le tocaba, pero nunca conseguía ver el final, eso comenzó a asustarla.

Revisó el libro que cuidadosamente había ido escribiendo durante tantos años, al principio las notas aparecían bajo la letra de una niña de seis años, lentamente se habían convertidos en pulgas bien lustradas bajo la mano de una futura escritora. Sueño tras sueño, todos los que había ido teniendo en su vida se recogían allí, en aquel cuaderno.

-En verdad, puede que si le haya soñado antes.

Se dijo a si misma, al darse cuenta de que aún no había conocido aquel misterioso hombre de sus sueños de niña. La idea de no controlar la situación la hacía sentirse vulnerable, hasta ahora ella había tejido aquella bufanda de principio a fin, y ahora, debía compartir las agujas. No es que la importase, quizás podría ser una bonita forma de comenzar una relación, sin saber cuando llegaría su final.
Arual estaba harta de escuchar aquellas frases: “el hombre de tus sueños no existe, exiges demasiado, nadie va entenderte nunca como sigas así..” Ya no las oía, por que en el fondo, sabía de antemano que llevaban toda la razón, era demasiado exigente. Por que los hombres no podían entender que ella no quería que la regalasen rosas el día se los enamorados, si no cualquier otro día, uno que surgiese, por que para ella los regalos nacían del corazón, no de un día predestinado por los centros comerciales.

Tampoco llegaban a comprender su afán por dejarlos libres: “pídeme que no me vaya a ver el fútbol y me quede contigo”, la solían decir, pero ella era una amante posesiva de su propia soledad, y la gustaba que ellos lo fuesen, que se tomasen esos espacios de tiempo para si mismos. Arual necesitaba estar en silencio con su alma, recrearse en un buen baño de espuma, escribir a solas, o simplemente, no hacer nada.

No la gustaban esas relaciones donde todo se basa en lo que los demás dice deben basarse, no la gustaba que quisieran tener con ella una “relación convencional” Arual quería una de esas historias de amor turbulentas, una de esas en las que se ama con el alma, y sobretodo, que la quisieran y la aceptasen como ella era, para poder hacer lo mismo.

La gustaban los hombres “raros”, esos que tenían manías que nadie comprendía, la gustaba las arruguitas que se les hacia a algunos en la frente, denotaba que era una persona pensativa, reflexiva, y sobretodo que le gustaba escuchar, por que ella, era igual.
Odiaba que la dieran la razón, necesitaba una persona que no estuviese de acuerdo en todo, que tuviese su propio criterio y visión de las cosas. Por que era buena para debatir y rebatir, y si no podía hacerlo con su pareja, si en todo estaban de acuerdo, la chispa comenzaría a consumirse por momentos.

Para ella el amor no tenía fecha de caducidad, podía reinventarse constantemente poniéndole mucha pasión e imaginación al asunto, y no solo en la cama, si no en los pequeños detalles de la vida.
A veces observaba aquella bolsita roja del corazón, y pensaba que en ella se encontraba todo lo perfectamente imperfecto que podía ser el amor, como a ella la gustaría que fuese, pequeña probeta de frases perdidas: luchador, guerrero, trabajador, risueño, alegre, divertido, serio, cariñoso, romántico sin llegar a ser pastoso, maniático, ordenado, sorprendente, aventurero, amante de la naturaleza, del arte, un poco loco....él, y solo él.

Con los años había llegado a la conclusión que tenía una posibilidad entre 99 de encontrarse con un hombre así. Por que lo que quería era difícil, alguien que fuese como ella, pero a la vez, la complementase en todo lo que la faltaba, no la gustaban los hombres espejos, ni los clones, ni los normales, ni los niños malos, ni los niños buenos...

Arual sabía que lo tenia difícil, encontrar un ser humano tan imperfecto como ella no era tarea fácil, que fuese de distinto sexo casi imposible. Había barajado la posibilidad de que si se topaba con él, si los planetas, los dioses, y el mundo se ponían de acuerdo y cruzaban ambos caminos, él podía no ver en ella a la mujer de su vida, puede que ni siquiera se enamorase de alguien tan sumamente extraño como ella, ¿Qué ocurriría entonces?......
Pero Arual siempre había sido positiva, así que aprendió a que si por una casualidad el destino había querido poner a ese hombre en su vida, sería ella misma, y si así no le enamoraba y ella terminaba suspirando versos de amor por las esquinas. Escribiría el guión de esa película con un final devastador, el de un adiós nunca soñado, aún así, Arual creía en el poder de la atracción. De las almas que se encuentran, en que el amor no es un yogur con fecha de caducidad, si no que su amor, él, debía ser como el kefir. Que en realidad era una bacteria, pero si le añadías leche cada día y lo dejabas a remojo, a la mañana siguiente tendrías un buen preparado que alimentaba el cuerpo, y en consecuencia el espíritu. El kefir siempre estaba vivo, podías congelarlo durante meses, cortarlo, secarlo, pero cuando tocaba la leche, volvía a expandirse, a ser el mismo, a convertir en el yogur perfecto para la leche, a ser un amor de película, de esos que no se olvidan, por que se viven noche y día.

Arual nunca perdería la esperanza, en algún lugar, en alguna parte, habría un hombre de kefir, esperando a encontrar la leche perfecta para preparar el yogur. Tan solo, debía confiar y esperarle, tan solo eso, hasta que sus caminos se cruzasen.

Iraunsugue Eternia

Fotografía de Internet

2 Atravesaron la realidad:

haThus dijo...

Aquel que sabe lo que busca tiene más posibilidades de encontrarlo que el que no sabe por donde empezar, aunque exista la posibilidad de que puede que nunca lo encuentre por que no exista. El problema no es que no exista, el problema es que nos rindamos antes de empezar, aunque, si creo conocer en algo a Arual a través de tu descripción, no creo que eso le pase nunca.
Como siempre, parece que nunca se te acaban las palabras, que los detalles son infinitos y que las descripciones se tornan imagenes en mi cabeza.

Besos mi escritora.

Iraunsugue_Eternia dijo...

Es cierto que cuando se sabe lo que se espera o se busca hay más posibilidades de reconocerlo y encontrarlo. Pero también puede ocurrir que idealicemos tanto que no lleguemos a verlo aunque lo tengamos frente a nuestras narices, espero que eso no pase. Pienso que Arual nunca se ha rendido, quizás su búsqueda haya llegado a su fin y comience a dar sus frutos, aún no se sabe con exactitud.

Las palabras a veces se agotan, ahí es cuando llegan los gestos. Me gusta la idea de que las imágenes se tornen realidades en tu cabeza, al menos espero que lo compartamos.

Besos mi lector.