7 jul. 2008

Diablo

-Te voy a decir una cosa –tu voz tronó en mis oídos despertándome de aquel letargo. Y yo tan solo pude temblar de la cintura a los pies, mientras tambaleaba el pánico bajo la mesa. Suspiré en la calma de la tempestad que tronaba en todo mi ser, pero para ti me mostré fría y calculadora, mujer de hielo con piel de acero.

-Dime –conseguí responder atragantándome con mis propios vocablos.

-Eres la persona a la que más he amado en este mundo –me sorprendí al escuchar aquello, pero no sonreí, pues bien sabía que tú, aún, no habías terminado de romper mis cercos –pero también a la que más he odiado. Te amé y te odié tanto, que jamás podré olvidarte.

Fueron unos segundos solos, y en cambio toda nuestra existencia sobrevoló mis ojos. No pude evitar esbozar una mueca parecida a lo que tú, dominarías sonrisa a medias, pero careciente de falsedad. Porque contigo todo debía ser puro y lleno, y ante el más mínimo gesto de hipocresía o miedo, te volvías sabueso que olisqueaba mis pensamientos, hasta voltearme sobre mi misma. Me desnudabas haciéndome sentir pequeña y frágil, tan frágil, como aquella vez….

Siempre me consideré una mujer de armas, de lucha en vida y sueños en la oscuridad de mi cuarto. Y el día que nos encontramos yo vestía botas de acero, y rabia en la mirada, de carmesí mis labios, que pintaban sobre el silencio de tus palabras. Tú nunca me pareciste pequeño, siempre me sorprendió la fortaleza de tu cuerpo, tu pecho abombado y férreo, los brazos cruzados manteniendo la distancia universal, como si de un dios te trataras.

Me pasé domingo tras domingo buscando tus ojos pardos, pero jamás te dignaste a mirarme directo, siempre escondido tras la visera de una gorra añil, calada hasta las cejas. Espesas, gruesas, formando un arco sobre tus grandes ojos teñidos de odio, de largas pestañas con las que abanicar la suerte, de manos fuertes y corazón caliente.
Y yo, que jamás me consideré una niña, vestía de duelo ante tu presencia, conservando la paciencia de ver las goleadas tan cerca de tu piel, que tan solo el mínimo roce me hacía estremecer.

No recuerdo quien comenzó aquel juego, quizás en ningún momento fui yo quien lleve las riendas, sino más bien tu quien se hizo dueño y señor de aquel carruaje. Estúpida de mí, que creyéndome poderosa de la edad y dueña del aprendizaje aplicado, me pensé podía manejarte a mi antojo.
Aquella tarde te hiciste conmigo sin dar ni un paso en falso, perseguiste mis labios hasta hacerlos tuyos, mordiste lento pero seguro. Caí en la red del creerme reina, cuando en verdad tan solo fui la esclava de los antojos sin promesas.

Dancé al son que tú marcabas, caí, lloré, reí, amé, hasta dejarme la piel contra las baldosas de tu cuarto esmeralda. Y a tu lado el amor se volvía tormenta, ventisca insoportable que me robó las ropas de la sensatez, me volví cautiva de tu inmadurez. Niña de tus presagios y antojos, gusano cuando tú, te volvías de furia contra mis ojos. Sangré por y para ti, me mordí las ganas de salir corriendo, quedé en tu juego del embudo quieto. Yo la pequeña gota que cae descaramelizada, tú la jarra, el vaso que torna y marca.

Te volviste infierno, y yo simplemente tu saco de boxeo. Te di la vida para que me la arrebatarás en tu ira diaria, en tus ganas de acabar con el mundo, de volverme lombriz de cada una de las macetas que no regabas, de ser una y mil veces tu más fiel encadenada.

Hasta aquel día, en el que desperté.

Fue entonces cuando deje de temer tus puños, simplemente vi al niño que siempre hubo. Tan pequeño y asustadizo que necesitaba de mis llantos para volverse hombre, olvidado por todos, criado entre algodones y acomodado en un buscar el querer y regalarte tu peso oro. Y yo que simplemente quería querer, y me volví prisionera de la obsesión e insensatez.
Comprendí que dos caracteres tan iguales, tan solo podían repelerse en el tiempo, que el amor tan solo fue tormenta de los avernos, que la confianza fue nula entre nuestras manos, y la comprensión pregunta insistente del ego varado.

Reaccioné años más tarde, en aquella mesita de la cafetería de la esquina, porque yo me negué a sentarme de nuevo en aquel irlandés que nos vio tanta desdicha. Accedí a mirarte, por la necesidad de demostrarme a mí misma que ya no podías conmigo, y a ti, tan solo se te ocurrió admirar mi facilidad para el sentimiento. Por primera vez te vi adorar todo lo que yo era, reconocerlo a puertas abiertas, admitir que yo siempre fui aquello que tú buscaste. Que aunque pasase el tiempo la admiración crecía al pensarme. Y no comprendí el porqué de tanto dolor de antaño, me limité a sopesarme nuevamente entre tus manos.

-Yo también te odié, mucho, muchísimo –me atreví al fin, ha admitir ante tu boca.

-Sí, lo se –pausaste la respuesta para encenderte un cigarrillo. Recordé entonces lo varonil que me pareció siempre, aquella forma tuya de darle vida al humo. Pero callé para decirlo todo, mientras tú observabas nuevamente mis ojos –pero también sé que me quisiste mucho, muchísimo….

Iraunsugue Eternia

Ilustración de Luis Royo (para mí uno de los mejores, sus obras me fascinan)

2 Atravesaron la realidad:

Sasha dijo...

Me gusto la prosa y me gusto el dibujo ... hiciste tu ambos?

Iraunsugue_Eternia dijo...

SASHA: El relato si es mío, pero el dibujo es del ilustrador Luis Royo.

Saludos y gracias.