10 ago. 2008

El niño que no sabía expresar los sentimientos


El niño vive ausente del mundo, su incapacidad para mostrar sentimientos lo hace extraño a simple vista, todos opinan que el niño debería hablar más, pero él ha comprobado que la comunicación es una pérdida de tiempo, nadie comprende los vocablos que altera en sus cuerdas vocales. Y cuando lo intenta, tan solo se vuelve jeroglífico incomprensible ante caras repletas de vanidad, y eso le asusta.

El niño que no sabe expresar los sentimientos suele sentarse en la soledad de una tarde, solo un cuaderno lo acompaña, pinta oscuridades de su alma por qué comprende que más allá solo hay un laberinto, de algo que conseguiría mecerle, y él necesita lo corpóreo del presente.
Crece sin mostrar desagrado alguno por la vida, los halagos nunca son muecas en su rostro, está hecho de inamovible material que le impide mostrar expresiones mundanas.

Dice sentir el calor y el frío, pero nadie lo ha visto quejarse nunca, ni llorar, ni gemir, ni sonreír, parece estar a gusto en todo estado cíclico, como si en verdad fuese un molde perfecto del mundo. Él nunca habla de lo que el corazón late, ni la cabeza piensa, no ha aprendido a decir “no”, y suele contestar cuando se le pregunta directo, aquello que los otros esperan.
No ha aprendido a abrazar, ni a besar, ni a amar, por qué le resulta complicado mover la masa que le llena, y expresarla en caricias, gestos, sonrisas, aquello que todos creen que él lleva dentro, pero, ¿acaso siente el niño que no sabe expresar los sentimientos?

Aquella mañana el niño se ha topado en su camino con una niña excéntrica, bohemia, incapaz de guardar para si misma los aleteos de su siempre pensante cabecita. La observa asustado, y se encuentra esbozando lo que otros llamarían sonrisa. Le resulta curiosa la forma de expresión de la niña, parece hecha a medida de los sentimientos de los que él, nunca hablaría.

Ella, en cambio, es capaz de tejer las emociones en palabras, darlas vida a través de mil miradas, acompañadas de muecas que iluminan o apagan su rostro, hasta mueve las manos con danzarines aspavientos, para darle más emoción a los propios sentimientos.
A su lado, es imposible no ser, y su incapacidad para mostrar comienza a hacerse añicos ante su presencia.

-¡Enséñame a expresarme! –la ha pedido.

Y ella ha comenzado a escuchar el latir de su corazón, le ha dicho que es importante saber si uno está vivo, por qué sin esto lo demás carecería de sentido. Tras la obscultación de la masa corporal, lo ha llevado de la mano hasta el mundo de la ilusiones. Y allí, quieta, perpleja, mostrando un entusiasmo radiante en la mirada, ha comenzado a escucharlo. Por qué ella opina que el problema del niño es que nadie nunca le preguntó…y él, se ha expresado.

Han pasado un medio día jugando a los mimos, él expresa, ella analiza y contesta, más tarde, ella, lo ha enseñado a hablar. Pero ha debido activar el botón equivocado, y el niño ha comenzado a ser detonante de malas contestaciones, incluso pudiese decirse que ha vuelto a enjaularse a si mismo.

Ella no comprende y pregunta, no sabe vivir sin la expresión.

Él ya no contesta, se ha quedado varado en el umbral de la dicción en una mirada de rabia eterna, y la furia que le corre por dentro y no sabe expulsar fuera. De nuevo el niño cae preso de la incapacidad de mostrar los sentimientos, y le molesta el hecho de verla llorar, preguntar, exponer y hasta analizar la nueva situación en la que se encuentran.

El niño, tras horas largas de silencio, y viendo el ocaso próximo, ha decidido volver a expresarse a través de la furia.

-¿Por qué me enseñaste a mostrar los sentimientos? –pregunta.

-¡Fuiste tú quién me lo pidió! –responde asustada la niña.

-¡Pero no debiste hacerlo! Ahora dejé de ser yo mismo, y soy como tú siempre quisiste, ahora tengo sentimientos y estos me hacen débil. Debiste dejarme como me encontraste, te odio, porque nunca me aceptaste como yo era.

El niño se ha levantado de aquel metafísico parque, se ha marchado sin mirar atrás mientras sorbía salinas lágrimas, sin escuchar lo que la niña gritaba.

-¡Yo no intenté cambiarte, tú me lo pediste! ¿recuerdas?

Ella ha quedado sola, anclada en la tierra y sin fuerzas para moverse, no comprende lo sucedido, ni por qué aquel niño insistió en sentir cuando en verdad no quería. Quizás solo lo hizo por la necesidad de ser ante ella, cuando en verdad nunca quiso romper el caparazón que lo envolvía.

La niña sigue siendo de emociones, pero ahora también es de miedos, se pregunta hasta que punto podemos cambiar a las personas sin darnos cuenta, como sin proponérnoslo deshacemos vestiduras y compramos trajes nuevos, pensando que eso sería lo mejor para aquel que juega a nuestro lado.

Al caer la noche, se ha prometido a si misma que nunca volverá a intentar enseñar a expresar los sentimientos, mejor aprenderá a leer en los gestos, o en los posos del té, o en las estrellas, o se limitará a no leer y esperar a ver en las vivencias.

Iraunsugue Eternia
Fotografía-Oskar observando, Murcia Abril 2008.

8 Atravesaron la realidad:

JuanMa dijo...

Todo lo que hacemos cambia de algún modo el mundo a nuestro alrededor (y también a las personas).

Pero lo mismo pasa con todo lo que no hacemos...

La niña no debería darle demasiadas vueltas. Debería ser, vivir y seguir pensando y sintiendo en voz alta.

Besos muy pensados y rugidos pensativos.

Marcos dijo...

Mejor seguir el curso de la vida, si intentamos cambiar puede ser bueno o malo, y si no cambiamos nada, tambien puede ser bueno o malo, hay que dejarse llevar...
Un saludo.

Iraunsugue_Eternia dijo...

JUANMA: Cierto, todo lo que hacemos, decimos, etc.. va marcando no solo nuestras vidas y caminos, sino de los que están a nuestro alrededor. Pero discrepo en lo de que la niña no debería darle vueltas, si la niña no diese vueltas a todas sus vivencias pasadas (como esta) no aprendería y cometería los mismos errores.

Besos recordados y aleteos recordatorios.

MARCOS: No estoy de acuerdo Marcos, y digamos que el cuento va sobre como cambiamos sin darnos cuenta a las personas, o como estas cambian por nosotros por qué creen que así todo irá mejor. Uno debe dejarse llevar por la vida hasta cierto punto, por qué sino es dueño de su destino, sino maneja los hilos puede terminar llevando una vida que no le pertenece, o que no le hace feliz.

Dejarse llevar si, pero siempre cogiendo el timón. Saludos.

ALMAGRISS dijo...

No podemos cambiar a las personas, la mayor parte de las veces estas tentativas acaban en fracaso y decepción. Las personas sólo cambian si verdaderamente quieren hacerlo y a base de mucho esfuerzo y sacrificio, no es fácil (pero tampoco lo es tener el vientre como una tableta de chocolate y muchos luchan durante años para adquirirla)
No debemos deseperar si las personas no son como nos gustaría que fueran y no nos dan lo querríamos tener. Esas personas no son para nosotros.
Pero si alguien te pide que le enseñes a amar, aunque sepas que vas a fracasar, ¿acaso te vas a negar a enseñarle?
Besos

Iraunsugue_Eternia dijo...

ALMAGRISS: Estoy de acuerdo contigo, nadie debería cambiar a nadie, y si alguien decidiese cambiar algo, debería estar convencido de ello y hacerlo por si mismo primero, y luego por los demás. Creo que el problema reside en que muchas veces hay personas, como el niño del cuento que no se conocen a si mismos, lo que los lleva a no saber quienes son y piensan que pueden tomar la forma que la otra persona desea.

Si a la niña la gusta las plumas azules yo me pongo plumas azules, pero, ¿realmente le gustaban al niño? Luego vienen los reproches, el “no me aceptaste como eras”, pero realmente, ¿saben como son?

Mejor conocer lentamente a la persona, y luego decidir si queremos o no seguir caminando con ella.

Un abrazo.

AdR dijo...

Me ha gustado mucho este cuento, son dos personajes que bien podrían habitar en los poemas de Tim Burton. Es mejor no cambiar a las personas, pero al final siempre lo hacemos, de manera inconsciente.

Para que no fuese así tendríamos que vivir aislados.

Besos

haThus dijo...

Cada cuento y cada personaje que exhalas es un viaje introspectivo al interior de tus/nuestros pensamientos. Una reflexión sobre el porqué de las cosas que te suceden y que, a menudo, nos suceden o suceden a nuestro alrededor sin que, a penas lo percibamos. Tu nombre se vuelve metonimia de la moraleja escrita y de la paradójica fábula humana que inventas con personajes acertadamente caricaturizados.

Besos enfabulados.

Iraunsugue_Eternia dijo...

ADR: ¡Me has sacado los colores! Adoro a Tim Burton y que alguien me diga que mis personajes podrían haber salido perfectamente de su increíble mundo, es todo un honor y un orgullo. Al final nosotros cambiamos a los que nos rodean, ellos nos cambian a nosotros, consciente o inconscientemente así es. Supongo que la medida está en ese cambio, en no dejar de ser uno mismo y sobretodo que sea positivo.

Besos

HATHUS: Nadie más que tú podría regalarme estas palabras bordándome una sonrisa en los labios. Me alegra que ese viaje a mi interior puedas percibirlo y casi tocarlo a través de mis palabras. Quizás un alma hable a veces en nombre de muchas.
Si algo he aprendido de ti, es que nuestra historia no es tan diferente a la de las demás personas, aunque cada uno la viva a su manera.

Besos de nunca cambies y se siempre tú.